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| Memorias de J.M Olmedo E. |
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| Filibusteria |
Publicado: Sab Feb 09, 2008 2:21 pm Asunto: Memorias de J.M Olmedo E. |
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Registrado: 28 Jun 2007 Mensajes: 525 Ubicación: Santiago
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He subido este fragmento con la autorización de Raúl Olmedo D., nieto del autor y poseedor de los derechos. Cualquier reproducción de éste con fines comerciales sin aprovación de Raúl Olmedo está estrictamente prohibido.
La fracción que a continuación se transcribe es parte del libro “Jamás Vencidos” registrado como Propiedad Intelectual mediante la inscripción N° 109.662 en el Departamento de Derechos Intelectuales de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Chile.-- ---------------------------------------------------------------------------------------------------
(A bordo del Cachapoal. Desembarco en Carrizal Bajo. Ocupación de Vallenar. Instrucción)
En la sección anterior (SEIS), se narra la primera parte de la reunión de oficiales jefes de la 1ª Brigada Constitucional en la cámara de oficiales del Cachapoal, en la noche del 07.07.1891. A ella fue citado a informar el subteniente J. M. Olmedo, de la 4ª Compañía del 1er Batallón del “Iquique N° 6”. Presente en esa cámara el comandante de la nave de transporte, capitán de corbeta Vicente Merino Jarpa. Ausente por servicio en el puente el 2° comandante, teniente Agustín Fontaine Calvo.
En la sección SIETE se transcribe, básicamente, la exposición del Mayor José Luis Délano, 2° Comandante del Regimiento “Iquique N° 6” constitucional, así como los detalles del desembarque en Carrizal Bajo y ocupación de Vallenar.
Documento desarrollado: narración manuscrita de J. M. Olmedo E. fechada en 1892. Actualización, vocabulario y sintaxis de su nieto, R. Olmedo D., 1996 - 99
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SIETE
Tras una ausencia de pocos minutos, el mayor Délano se reincorporó a la reunión en la cámara de oficiales del “Cachapoal”, portando una pequeña cartera de cuero y algunos papeles en su mano. El mismo tomó la palabra para solicitar a todos silencio y atención. Yo opté por reemplazar mi copa de jerez por otra de la colmada bandeja, así como permanecer precavidamente cerca de ella.
- Señores jefes - inició Délano - El señor comandante de esta Primera Brigada me ha comisionado para exponer y resolver las consultas sobre un tema que, al margen del vivo interés que suscita, resulta a estas alturas insoslayable abordar. Me refiero a lo ocurrido en los hechos de armas de Huara, Aduana de Iquique y Pozo Almonte, que tuvieron lugar entre el 17 de febrero y el 7 de marzo recién pasados.
Debo haberme enderezado, o corcoveado violentamente en mi posición, apoyado en el tabique del fondo de la cámara, junto al bufete, pues Délano desvió sus ojos para mirarme directamente desde su posición dominante.
- Quizás tengamos la oportunidad de sorprender a nuestro antecesor en la tribuna - sonrió - Y si así no ocurre, querrá decir que las informaciones emanadas del teatro de operaciones han fluido al sur con más facilidad que aquellas originadas en las grandes urbes alcanzan hasta nosotros. Aunque me parece que no será así.
Veamos, entonces, que hay a este respecto:
Todos han oído que experiencias muy penosas se vivieron en las acciones que comento, semejantes quizás a aquellas que experimentaron nuestras fuerzas en la sierra peruana, hace ocho o nueve años.
Ocurre que sólo algunos de los aquí presentes fuimos parte de estos sucesos recientes. Otros - la mayoría de los actuales jefes y la masa de los oficiales subalternos - sólo se han incorporado a filas más tarde.
El mando de este Ejército Constitucional, y la propia Junta de Gobierno, estimaron prudente, inicialmente, silenciar los comentarios y evitar los trascendidos en relación a lo ocurrido en los enfrentamientos que he citado, con el afán de evitar el descrédito internacional de ambos bandos, y del país como un todo. Esfuerzo estéril, como supondrán. Una ola de rumores circula desde hace meses en todo el norte, y supongo que en la Patria entera, en relación a los macabros detalles y extremos que ha venido a alcanzar esta guerra civil. Ello es resultado directo de lo ocurrido en los hechos de armas de Huara y Pozo Almonte, o al menos, de lo que ha trascendido sobre tales sucesos. También ha contribuido, sin duda, la amplia publicidad que la dictadura ha dado a los partes de combate de sus comandantes de tropas.
En nuestro caso, tenemos que una proporción considerable de los oficiales que a estas fechas forman en nuestras filas, lo hacen con posterioridad a la acción de Pozo Almonte. De hecho, varios de los congregados en esta cámara recién viajaron a Iquique en el “Maipo” cuando la huida de ese vapor, el 8 de marzo, en circunstancias de que la última batalla del norte se había dado el día anterior, 7 de ese mes. Así pues, no habiendo vivido la experiencia, y cogidos por la ola de rumores a su arribo, resultó natural e inevitable que los recién incorporados consultaran a sus superiores y pares sobre lo ocurrido. Y también que, al no contar con una versión oficial, recogieran los relatos de la tropa del Ejército Constitucional y marinería que se batió allí. Narraciones a menudo muy exageradas, por el simple hecho de incluir, mil veces aumentadas, las interpretaciones tácticas y anécdotas particulares de los actores.
Por otra parte, la actual incorporación masiva a filas de pampinos, lancheros, jornaleros, portuarios, pescadores y todo tipo de trabajadores - desde Arica hasta Huasco - ha venido creando una presión enorme por información en relación a este luctuoso tema. Considerando desde ya la avalancha de preguntas sobre lo mismo que nos espera en la provincia del Huasco - hacia la cual nos dirigimos - y aquellas que ciertamente plantearán mas tarde nuestros propios familiares, se ha considerado conveniente entregar - hasta donde ello resulte posible - una versión oficial de lo ocurrido. Necesariamente deberá, no obstante, mantenerse reserva sobre algunos detalles cuya pública ventilación resultaría especialmente negativa. Tal es la decisión del Comando en Jefe, comunicado a los Comandos de Brigadas - en nuestro caso el señor comandante Frías aquí presente - con la recomendación de ejecutarlo precisamente en esta forma. Vale decir, mediante una reunión inicial con los mandos de regimientos, batallones y escuadrones, encargándoles su posterior difusión entre la oficialidad subalterna y la tropa.
Deberá distinguirse claramente, señores oficiales jefes, tres escalones marcadamente distintos en este proceso, y que son: la información general que se entregará a Uds. de inmediato, y que podrá ser consultada y discutida, por única vez, en el transcurso de esta misma reunión. En seguida, la versión depurada que de ella emanará, y que será entregada a todo el Ejército Constitucional, y luego hecha pública en la forma antedicha. Versión que, por cierto, deberán Uds. apoyar como verdad oficial y punto final de todo el asunto. Y en tercer lugar, los pocos detalles reservados a que he aludido, sobre los que no se atenderá - ni aún aquí - consulta alguna, y en relación a los cuales se establece a futuro la prohibición de siquiera tratarlos.
El señor comandante Frías, reitero, me ha designado para exponer a Uds. los crudos hechos referidos a esas acciones de guerra. Me ha parecido necesario y conveniente hacerlo sobre la base de mi vivencia personal, y en tal misión paso a exponerles lo siguiente:
- Los mandos de este Ejército Constitucional coinciden en interpretar, y yo concuerdo en ello, que la derrota infligida a las fuerzas del Ejército de Chile en el cerro de San Francisco, o Dolores, el 15 de febrero de este año, originó heridas mucho más allá del mero ámbito bélico Advertirán que parto refiriéndome a una acción de guerra anterior y distinta a las tres ya citadas, lo que resulta necesario como prolegómeno a los sucesos que nos ocupan. Y no es que los actos de guerra ocurridos en tal hecho de armas – La Encañada, le llaman algunos - se haya escapado de nuestras manos en ningún sentido, y en especial en cuanto al tratamiento humano de los heridos y prisioneros se refiere. No. El desenlace se dio dentro de la normalidad que puede esperarse en un combate sangriento, brutal en sí mismo, al término del cual quedamos dueños del campo con las inevitables bajas propias y del enemigo. Ello fue el resultado natural de contar con un mejor mando que adoptó decisiones tácticas oportunas - ejecutadas además de forma fulminante - y culminadas en una definición a la bayoneta que desalojó a los defensores de La Encañada, donde se habían hecho fuertes, con la consecuente e imprescindible persecución. Entre otros fallecieron allí, pero lealmente, con las armas en la mano, los dos jefes balmacedistas del 4º de Línea, Villagrán y Riquelme. Repito, no hubo ese día en Dolores ensañamiento ni caso alguno de crueldad innecesaria. La mano estuvo pesada, sin duda, pero nada más allá que eso. Así pues, lo que aparentemente habría desquiciado al comandante enemigo, el tristemente famoso coronel Eulogio Robles Pinochet, sería mas bien la consecuencia moral de su derrota ante la opinión pública nacional que sigue anhelante las noticias de esta Guerra Civil. Asimismo, la pérdida de imagen militar de la dictadura, y muy en especial, el golpe asestado a su orgullo profesional.
Robles fue batido, entre otras razones, por su decisión, que se probó errónea, de tomar posiciones, sin apoyo de artillería, en el mismo cerro histórico que viera nuestra victoria como país - en noviembre del 79' - contra el Ejército Perú-boliviano al mando de Buendía. El que ahora nuestros improvisados batallones congresistas de esta guerra, paisanos y aún sin uniformes a esa fecha, alcanzaran un éxito tan espectacular en el asalto al cerro San Francisco, o Dolores, 12 años después de la batalla del mismo nombre, aparentemente obnubiló la mente del comandante enemigo.
No es ningún misterio el que esa tarde tuviéramos superioridad numérica, materia que nunca hemos negado. Aún así, el hecho concreto es que fuimos al asalto, genialmente guiados por mi coronel del Canto, de frente y a pecho descubierto contra tropas escogidas del Ejército de Chile - nada menos que el 4º de Línea, vencedor del Morro de Arica - enviadas al norte en razón de su veteranía y calidad. Y que las vencimos. Digo mal: les pateamos el culo hacia la pampa.
De acuerdo a información posterior, Robles estuvo al borde de una apoplejía esa tarde, pues logró poner a salvo apenas unos 100 o 110 hombres, dejando además en nuestras manos una partida de 400 fusiles Comblain con 28.000 tiros. Botín precioso en momentos difíciles y de gran necesidad. Todo, absolutamente todo escaseaba entonces. En conclusión, hicimos unos 80 prisioneros, atendimos apropiadamente a los heridos de ambos bandos y sepultamos en una misma fosa común, junto al pozo de Dolores - como si se tratara de hermanos - a los caídos propios y adversarios. Exactamente 168 en total, lo tengo anotado por aquí. Hubo honores, por cierto. Vale decir, todo lo civilizado que puede ser algo tan trágico como es la guerra en si misma.
Pues bien. El coronel Eulogio Robles, como saben Uds., tuvo la fortuna de ser reforzado, casi inmediatamente después de la acción de San Francisco, por fuerzas enviadas desde Iquique. Bloqueábamos ese puerto con la escuadra, pero aún no caía en nuestro poder, y no nos fue posible obstaculizar ese movimiento. Contando, como digo, con ese refuerzo, el comandante enemigo optó por avanzar hacia el norte, hasta tomar posiciones en Huara, en fuerza de unos 900 hombres bien amunicionados. Por nuestra parte, cometimos - que duda cabe - el error de movernos a su encuentro, para atacarlo inmediatamente en esa posición, cuando pudimos retirarnos, hacernos fuertes en Pisagua y darnos tiempo de incorporar nuevo contingente, aprovechando el armamento recién capturado. No pierdan de vista Uds. que, desde el comienzo mismo de las operaciones, nuestra limitación aquí en el norte ha sido exclusivamente el armamento. Siempre hemos podido disponer de abundantes voluntarios, pero la traba ha sido la necesidad de enganchar la cantidad justa de combatientes que podíamos dotar con fusiles. El caso es que tal retirada cómoda a Pisagua era perfectamente factible para nosotros en esos momentos, dado que todos los desplazamientos de tropas en esa campaña inicial, cosa que el público en general no tiene muy en claro, se efectuaban sobre la línea del ferrocarril salitrero - la ferrovía de North - que une las distintas oficinas del interior. Tanto nuestras fuerzas como aquellas balmacedistas del Ejército de Chile, se movilizaron expeditamente en trenes de carros calicheros, provistos de dos o tres locomotoras. Hubo abundancia de material rodado, y ambos bandos requisaron todo lo que les fue preciso o les vino en gana.
Ahora que, en cuanto al criterio táctico de nuestro mando de presionar hacia Huara, no estoy llamado a juzgar militarmente la decisión de ese momento, toda vez que no conocí ni pude apreciar las variables que se consideraron. Por lo demás, yo me batía entonces con el grado de capitán, al mando de una compañía del Constitución Nº 1. Lo que sí cabe hacer constar es el hecho de que, inmediatamente después de la victoria de Dolores, el día 15 de febrero como dije, el mando de nuestras fuerzas había sido asumido por el general don Gregorio Urrutia, recién incorporado a filas, relevando en ese cargo a mi coronel del Canto. La fuerza total de que disponíamos, reducida por los caídos y heridos de nuestro bando en la acción de San Francisco, y vuelta a aumentar con el agregado de unos 70 prisioneros no heridos de los 80 que se tomaron, y que optaron libremente por sumarse a nuestras filas, sumaban algo así como 1.100 combatientes. Unos 1.130, me parece - Délano daba rápidos vistazos a sus notas - . Disponíamos también de los 28.000 tiros recién capturados, pero de muy poca más munición que esa. Y sin embargo, el 17 de febrero en la tarde avanzamos sobre las fuerzas del Ejército de Chile, espléndidamente posicionadas en una cerrillada al sur-poniente de Huara.
Fue aquella una equivocación letal. No entraré a describir los detalles de ese brutal encuentro, materia que queda para los futuros historiadores, pero sí asentaré un hecho clave, decisivo. Mientras nos jugábamos a fondo, presionando con energía sobre su ala izquierda, buscando quebrarla, fuimos repentinamente baleados por la espalda por una fracción de nuestras propias fuerzas. Una compañía incompleta del Quillota, casi la totalidad de los capturados en la acción anterior, que en número de 70 habían solicitado su incorporación a nuestras filas, cambió sorpresivamente de bando en pleno combate, causándonos de inmediato fuertes bajas. Calcularán el desconcierto y confusión que se produjo en esos críticos momentos. Nuestras compañías comprometidas en el avance, raleadas por el fusilamiento de que les hacía objeto su propio apoyo, fueron a su vez envueltas y superadas mediante un eficiente contraataque del enemigo. Debimos retroceder en desorden, y de hecho abandonar el campo. La escasa caballería de que disponíamos procuró darnos un respiro, pero fue superada por la tropa montada de Robles, fresca, con sus espléndidas bestias de gran alzada desembarcadas unos pocos días antes. La desordenada retirada hacia los trenes, que nos esperaban con los fuegos encendidos, bien pudo traducirse en un desastre total. Cubrió esa retirada, no obstante, el Valparaíso Nº 2, que asumió heroicamente el sacrificio. Su oficialidad subalterna estaba compuesta casi exclusivamente por oficiales de la Armada - tenientes segundos, subtenientes y guardiamarinas - y parte importante de su dotación la formaba personal del ex-Navales y marinería desembarcada. De ahí su excelente moral de combate. Lo mandaba ese día el comandante Manuel Aguirre, quien no sobrevivió a sus heridas Era ese el único personal - recuerdo - que vestía uniforme, detalle que tendría trágicas consecuencias.
Serían ya como las 6.30 P.M., y resistíamos fieramente junto a los trenes, mientras mi coronel Holley organizaba frenéticamente, vociferando órdenes, el embarque apresurado de las tropas. A esa hora el mando había debido asumirlo de hecho nuevamente mi coronel del Canto. Vimos cómo, a no más de 600 o 700 metros, los valientes del Valparaíso N° 2, agotadas sus municiones, iban siendo rodeados y acribillados sin piedad. Su 2° comandante, el teniente coronel Julio Moraga, herido seriamente en la cadera al comienzo de la acción, alcanzó por fortuna a ser subido inconsciente a uno de los vagones. Al alejarnos, podíamos aún escuchar la gritería de la soldadesca que cargaba a los nuestros a la bayoneta No fui capaz de retener, en esos momentos terribles, lágrimas de ira e impotencia.
Para claridad absoluta y total comprensión de los hechos, entendamos que no hubo prisioneros ni heridos de nuestro bando en esa acción. Los 41 capturados en esa condición que Robles informara en su parte ampliamente difundido por la prensa dictatorial, fueron en realidad los sobrevivientes de la compañía del Quillota que se pasó a sus filas durante el combate, luego de acribillarnos arteramente por la espalda. De nuestras 250 bajas fatales en Huara, es posible que unos dos tercios lo hayan sido en combate leal, especialmente durante sus feroces, terribles momentos finales. Pero debe quedar meridianamente claro para Uds. que unos 80 o 90 hombres, en su totalidad personal herido y capturado, no fallecieron en esos momentos, sino que fueron ultimados horas más tarde, ya anochecido, largo después de que nuestros trenes se perdieran en la distancia.
Sabemos que una borrachera de proporciones siguió a la victoria balmacedista. Por los datos actualmente conocidos, pensamos que sus mandos creyeron entonces finalizada la revolución con nuestra derrota y retirada. Y que, exaltados hasta el paroxismo ante la vista de los uniformes navales, permitieron un repase al arma blanca que culminó en matanza general. Nos enteramos de los macabros detalles por la misma gente que allí estaba, parte de la cual resultó capturada en Iquique en la mañana del 20, tres días más tarde, luego de nuestra victoria en el Combate de la Aduana el día 19. El capitán Merino Jarpa - aquí en persona - quien tuvo el mando en esa acción, tan pronto detectó tales horripilantes relatos entre los doscientos y tantos rendidos de Cavancha, cuidó de alentar a los más parlanchines, tomando debida nota de sus informaciones y dando enseguida aviso al comandante Goñi, el oficial más antiguo en la rada en ese momento. De ahí siguió un interrogatorio sistemático - puede que un tanto rudo, en verdad - que nos permitió obtener un cuadro amplio de lo ocurrido. Por lo demás, algo así como la mitad de los rendidos en Iquique, incluyendo a un capitán - Arriagada - se incorporaron de buen grado a nuestras filas, y entregaron sus testimonios sobre lo ocurrido en Huara sin ningún apremio. Cabe hacer constar aquí, como una muestra de nuestra conducta en el campo de batalla hasta ese momento - vale decir, hasta antes de tomar noticias de la masacre ocurrida en Huara - que el otro 50% de los rendidos en Cavancha, incluyendo a su comandante eventual - el coronel José María Soto - fueron autorizados a embarcarse rumbo al sur. Pudieron escoger entre un transporte nuestro, y las naves británicas que al mando del Almirante Hothman, en el buque insignia “Warspite”, seguían como observadores estos sucesos desde el mar. Que muchos no lo hicieran, y optaran por disolverse como grupo armado, fue su propia decisión.
Volvamos a los sucesos de ese día 17, en Huara. Yo supongo que nunca sabremos si Robles resultó superado por las circunstancias, o si el mismo autorizó la ejecución de sus prisioneros. Conociendo su pasado de chifladuras - el “loco Robles” le llamaban - y ponderando el hecho de que estimara concluida la revolución, no me extrañaría que hubiera, incluso, alentado el martirio de nuestra gente. Nadie puede ignorar en esta cámara que - hoy por hoy - entre los militares más antiguos del Ejército de Chile, la sola mención de la Armada constituye un trapo rojo, una provocación que los trastorna y los desquicia. Como haya sido, Robles tenía el mando allí, y permitió o autorizó el martirio de nuestra gente. Los informantes nos han relatado que, muy golpeados todos y algunos malamente heridos, los prisioneros fueron mantenidos largo rato - puede que unas dos horas, mientras anochecía - sentados o tumbados en un círculo, a la luz de unas fogatas. Sus captores les rodeaban, burlándose mientras celebraban y se felicitaban eufóricamente, en tanto se embriagaban a conciencia. Durante ese lapso, se limitaron a patearlos a voluntad y hacer mofa de los cautivos. Pero súbitamente, en un arranque de furia, o de delirio etílico, o puede que a impulsos de una orden, cayeron sobre ellos a corvo y bayoneta, en un frenesí salvaje, ultimando a mas de la mitad entre terribles gritos y quejidos. Bien pensado, esos fueron los que menos sufrieron.
La masacre fue, no obstante, detenida a voces y mediante disparos al aire por la intervención de algunos oficiales y jefes, tan ebrios como la tropa. Podrán imaginarse nuestro horror cuando nos enteramos en Iquique por los relatos de nuestros capturados - tres días mas tarde - que esa interrupción no se ordenó para salvar a los restantes, como un ser humano normal pudiera haber imaginado. No. Se dispuso para proceder a entregarlos selectiva y organizadamente a grupos de ejecutores especialmente designados. Pareciera que como una especie de recompensa por actitud destacada o valor en combate, o por ser esos verdugos escogidos regalones de los jefes. No hay certeza ni claridad al respecto. El caso es que se señalaba a uno o dos de los sobrevivientes, reducidos a unos 40 o 45 en esos momentos, y de inmediato se les arrastraba hasta un sitio cercano, también iluminado mediante fogatas que se encendieron para ese preciso objeto. Allí se les torturaba, mutilando a algunos en la forma más indigna, para ser finalmente degollados o bayoneteados. Hay detalles horripilantes que constan del informe de la patrulla enviada hasta Huara, veinte días más tarde, para recuperar sus cuerpos y procurarles una sepultura decente. Sabemos también que cuando hubieron perecido todos, con la única excepción del guardiamarina Jorge Mery - quien pudo ser ocultado en la oscuridad y retirado por un amigo o alguien que se compadeció - como aún había aguardiente en cantidad, la diversión no se detuvo, sino que continuó con el charqueo de los cadáveres hasta el amanecer. Mery mismo fue aterrado testigo de esa parte de la carnicería.
Se encontró más adelante, con ocasión de la citada misión sepulturera, entre el terrible hedor y los resultados de la acción de la fauna carroñera que es de suponer, apenas cubiertos con unas paletadas, o simplemente tirados en los pozos calicheros, cadáveres de marinos con extremidades amputadas o tronchadas. Otros, decapitados, así como numerosos casos de mutilación de órganos sexuales y ocho o diez cuerpos a los que estacas de fierro o bayonetas quebradas les habían sido introducidas en el recto.
El silencio en la cámara del Cachapoal se habría podido cortar con un cuchillo.
- El comentado combate de la Aduana de Iquique - continuó Délano con voz ronca y apagada - el día 19, durante el cual fuerzas de marinería al mando del capitán Merino Jarpa lograron derrotar y rendir a parte de los vencedores de Huara, enviados arrogantemente a recuperar el puerto recién ocupado por la Armada, cambió absolutamente la situación militar. No voy a extenderme en las enormes consecuencias estratégicas - más que tácticas - de esa victoria, que la modestia de nuestro anfitrión no me permite ponderar adecuadamente. Debo no obstante acreditar que ese triunfo, al detener la marcha de Robles mediante la destrucción de su avanzada, permitió reagrupar nuestras fuerzas, transportando a Iquique por mar desde Pisagua a los vencidos de Huara, y luego elevando el Ejercito Constitucional a 1.700 plazas con el armamento capturado. Sobraron los voluntarios. Pudimos además contar con 5 piezas de artillería, un escuadrón de caballería y un destacamento de marinos sirviendo ametralladoras Gatling, al mando de un oficial de la Armada. También se implementó un tren blindado, que dirigía otro marino, el teniente Víctor Donoso. Con todo ello y una furia asesina en el alma, fuimos a buscar a Robles en los primeros días de marzo.
Marchábamos ahora nuevamente a las órdenes de mi coronel del Canto, confirmado definitivamente el 18 de febrero, para tranquilidad general, como Comandante en Jefe de las fuerzas constitucionales. El enemigo, por su parte, que no escapó indemne y también sufriera fuertes pérdidas en el combate de Huara, a lo que sumó enseguida la baja íntegra de su avanzada en la Aduana de Iquique, se encontraba reducido, según logramos noticiarnos, a no más de 400 combatientes. Pero para nuestra exasperación - Délano consultaba ahora repetidamente sus papeles - casi en seguida recibió refuerzos nuevamente. El “Imperial”, veloz e inalcanzable para nuestras naves, le aportó unos 600 hombres del “Santiago”, 5º de Línea y 60 hombres de caballería, al mando del coronel Emilio Gana. También el “Matías Cousiño”, que comanda Policarpo Toro según supimos, logró poner en tierra al “Angol” y a una compañía del “Tacna” 2º de Línea, a las órdenes del coronel Miguel Arrate. Definitivamente, el dictador envió las mejores tropas veteranas de que disponía en esos momentos. Y aunque los desembarcos debieron efectuarse en Ite, o Sama, esas fuerzas consiguieron desplazarse raudamente hasta Arica y luego a Pozo Almonte, cumpliendo jornadas agotadoras. En lo que importa, lograron en definitiva reunirse con Robles antes que termináramos nuestra propia reorganización.
Contando ahora con Gana como su Jefe de Estado Mayor, Robles optó por hacerse fuerte en Pozo Almonte. Ignoro los motivos de esa decisión, puesto que otros significativos refuerzos balmacedistas, sumando más de 1.000 hombres al mando de Camus, y que incluían al mismo “Buin” 1º de Línea, quemaban etapas para acudir en su ayuda desde Calama, al sur. Eran esas noticias muy inquietantes para nosotros. Si analizamos el cuadro, comprobaremos que Robles pudo tranquilamente movilizarse en dirección sur, hasta producir la reunión de las fuerzas, disponiendo de tiempo sobrado para ello. Pero no lo hizo. Optó por esperarnos en los cerros en que se apoya Pozo Almonte, dando cara al Poniente, como digo, con unos 1.400 hombres de infantería, y artillería de apoyo con nueve piezas.
Le atacamos en esa posición el día 7 - prosiguió el mayor Délano - poco antes de las 7 A.M., con fuego inicial bastante preciso de nuestra modesta artillería.
Es curioso que se encontraran en Pozo Almonte ese día los coroneles Robles, Gana y Arrate, de una parte, y del Canto y Holley por la otra. Todos ellos, excepto Gana que era subalterno en Dolores el 79’, se habían batido juntos, con rango de jefes, en las Campañas de Tarapacá, de Moquegua y de Lima. Ahora los tres primeros figuraban en el escalafón de nuestro enemigo mortal, el Ejército de Chile, y los dos últimos, eliminados de la institución por órdenes del dictador, tenían, y tienen aún, órdenes de prisión en su contra y oferta de recompensas por su captura. Como fuera, al aprestarnos para la lucha, los subalternos congresistas sabíamos de antemano que se haría sentir durante el choque la mejor fibra de nuestros comandantes. Y así ocurrió. Sin vacilaciones ni dudas, mi coronel del Canto dispuso un rápido movimiento envolvente sobre la izquierda enemiga. Y cuando Robles, o quizás Gana, desplazó fuerzas para reforzar esa ala, nos fuimos con todo sobre su centro debilitado y simplemente les pasamos por encima.
El “Constitución” estuvo muy bien y firme esa mañana, pero en ese primer asalto cuesta arriba, yo recibí una herida de bayoneta en el tórax que me dejó fuera de combate, con serias dificultades de respiración. Mi asistente me instaló apoyado en una enorme piedra, y me dejó su fusil para que me diera el gusto de seguir disparando. Luego se unió al resto de la compañía, que continuó el combate al mando de otro oficial. Así pues, pude seguir los incidentes que se sucedieron, algo atontado, en calidad de mero espectador. Como desde un palco, en verdad - sonrió forzadamente - y sabiendo bien que, en caso de un contraste, nada me libraría del repase.
Los tuvimos arrinconados en dos grupos ahí en los cerros por un par de horas largas, sin conseguir desalojarlos. Como a las 10 A.M. se notó claramente que empezaban a fallar sus municiones. No disponían de parque de reserva - o lo habían perdido en nuestro avance - y en cambio nosotros, por vez primera en toda la campaña, contábamos con munición abundante capturada en Iquique. Por añadidura nuestra rabia, nuestras ganas, eran enormes. Siguieron aguantando, sin embargo, conociendo lo que les esperaba en la derrota, aunque debilitándose por momentos. Hasta que, como a mediodía, su resistencia se desmoronó completamente, y se produjo la desbandada en dirección al pueblo de Pozo Almonte, que tenían a sus espaldas. Intentaron hacerse fuertes en las construcciones y bodegas de la estación, y hubo allí una lucha corta y fiera que los obligó a seguir huyendo hacia la pampa. Hablo de aquellos que pudieron hacerlo, unos 500 según se estimó más tarde. Comandados por el coronel Arrate, finalmente fueron a parar a Arica, caminando más de 350 kilómetros por la precordillera, no obstante la persecución inicial de nuestra caballería. Son los mismos que algo más tarde, según nos recordaba el subteniente que recién expuso, amagados nuevamente por nuestras fuerzas en Arica, optaron por entregar sus armas e internarse vergonzosamente en el Perú.
Fue duro, Pozo Almonte. Nuestras bajas sumaron 242 muertos, además de 156 heridos. Casi el 25% de la dotación. Si hubiéramos debido sostener otra confrontación armada de inmediato, antes de alcanzar a reclutar reemplazos, la situación habría sido desesperada. Pero no hubo tal encuentro. En la práctica, Pozo Almonte puso fin a la lucha armada en el norte.
En cuanto a las fuerzas de Robles, aparte de los fugados, un poco más de 300 estaban muertos a esa hora, cerca de la 1.30 P.M. Otros 120 se encontraban heridos de distinta consideración y como 400 y tantos cayeron prisioneros ilesos. Tomamos ese día 9 piezas de artillería de distintos calibres, 4 ametralladoras y unos 800 fusiles, más o menos. Nos hicimos también de abundantes provisiones secas, 25 o 30 cabezas de ganado para el rancho, acémilas, leña abundante y dos enormes carretones calicheros cargados con pipas de aguardiente. Supusimos que, para el caso de resultar vencedores, tenían pensaba otra fiestecita igual a la de Huara.
En nuestra labor de recoger despojos, separar e identificar prisioneros, y especialmente auxiliar a nuestros heridos, serían más de las 4 P.M. ya cuando se autorizó rancho fiambre y un tacho largo de aguardiente por barba, más de un litro en la práctica. Nuestros muertos, alineados sobre el árido suelo, recibieron blusas enemigas sobre sus rostros, esperando su sepultación al siguiente día. Los muertos enemigos estaban tirados en donde cayeron, y sólo se trasladó a los necesarios para despejar nuestro accionar inmediato.
Procedimos entonces a organizar sin prisa nuestra propia ceremonia. Mis hombres me habían transportado en hombros al vivac enemigo, nuestro punto de reunión. Era un buen campamento junto al pueblo, cómodo, porque el Ejército de Chile había dispuesto de plazo holgado como para instalarlo apropiadamente. Un par de compañías del Pisagua no recibió trago, sino sólo agua y raciones secas. Mi coronel no quería sorpresas, y las destinó de gran guardia en los cerros que rodeaban ese campamento. Nuestra caballería, entretanto, hostigaba y mantenía contacto con las fuerzas en fuga.
Robles, herido seriamente en un tobillo, se había refugiado en una tienda de la cruz roja, y de allí fue sacado a tirones. Alto y muy entrado en carnes, con su grueso cuello de toro coronado por una enorme cabeza en forma de bala, y rapado al cero, llevaba sobre su pecho, anacrónicamente colgados de una delgada cadena o cinta, unos pequeños anteojos de acero u otro metal plateado. No era ningún anciano, como ha comentado la prensa balmacedista. A despecho de sus 56 años cumplidos, se veía recio, de gran fortaleza física. Advertí sangre en su guerrera cuando lo traían. Tenía una ceja y el pómulo del mismo lado abiertos. Cojeaba lastimosamente de su pierna herida, pero no se quejó, ni dijo una sola palabra. Mi coronel del Canto ni siquiera le dirigió una mirada - fueron íntimos durante la Campaña de la Sierra, recuerden Uds. - y procedió a retirarse hacia el pueblo y el pozo, junto a mi coronel Holley y su escolta, llevando con el a nuestros heridos y la ambulancia. Delegó el mando en el comandante Moraga.
Don Isidoro Errázuriz estaba allí - aún no se constituía la Junta, ni era ministro entonces - dispuesto a avalarnos en lo que viniera. El diputado Cornelio Saavedra y varios otros paisanos habían combatido mano a mano a nuestro lado esa mañana. Entre ellos, nuestro recordado Enrique Valdés Vergara, quien tenía una aparatosa herida de bala en un brazo. La misma herida que permitió identificar su cadáver en mayo pasado, rescatado desde el pecio del “Blanco” en Caldera. Todos esos paisanos, aún los heridos, permanecieron en el lugar para solidarizar con lo que seguiría. Los escasos sobrevivientes del “Valparaíso N° 2” original formaban poco más de una compañía en el batallón reestructurado, y ahora se adelantaron para actuar mientras el resto formó un inmenso círculo, arma al brazo. Su nuevo comandante, Moraga, había insistido en combatir esa mañana, no obstante encontrarse convaleciente de su lesión en la cadera recibida en Huara, y a esa hora sangraba de su herida reabierta. Puedo verlo aún, de pié, con sólo una pierna del pantalón puesta, los glúteos al aire, mientras le curaban in situ. No sobreviviría el pobre Julio a la infección y complicaciones posteriores.
A mi también me había limpiado y suturado allí mismo el cirujano Echegoyen, pues no quise que me movieran del lugar. Mi ordenanza me había acomodado en mi propia manta, con unos rollos del enemigo como respaldo.
Moraga encendió un cigarro - lo recuerdo muy bien - y esperó calmadamente a que la comitiva de mi coronel del Canto se alejara unos cientos de metros. Luego, con un simple gesto, entregó a Robles en manos de la gente del “Valparaíso”. Ahí mismo lo cosieron a puñaladas - Délano hizo una pausa y encendió también un delgado cigarro maloliente. Bebió largo de su copa y continuó:
- Después fueron trayendo de a uno a los chacales que habían participado destacadamente en la carnicería de nuestra gente, identificados por sus propios compañeros que ahora formaban con nosotros. Algunos nombres se traían cuidadosamente anotados desde Iquique. En general, ni chistaron. Recibían la estocada y al suelo, donde se les pasaba varias veces con el sable-bayoneta de los Comblain. Unos pocos se hincaron a orar, y se les permitió hacerlo durante uno o dos minutos. Luego, el corvo de oreja a oreja. La sangre empapaba el suelo de una manera espantosa - a uno se le olvida toda la que contiene un cristiano, hasta que la ve desparramada por ahí - pero ninguno de nosotros mostraba emoción ni arrebato al extremo lanzar un grito, o siquiera un insulto. Tampoco hubo risas ni burlas. Creo que lo más terrible del momento era nuestro silencio frío, implacable. Sólo se escuchaban unos secos “muévete, mierda!”, y así, de parte de los encargados de sacar de filas a los identificados, acuciando a aquellos que se les resistían. Varios fueron ubicados en el grupo de los heridos, y ahí sí que hubo lamentaciones. Pero nada. Ni sus gritos y aterrados lamentos al ser empujados o arrastrados hasta el lugar de ejecución, ni tampoco sus estertores al morir consiguieron conmovernos. Nadie, absolutamente nadie alzó la voz para pedir clemencia por los que así morían. Y si alguno lo hubiera pensado, solo de mirar la cara de mi comandante Moraga se le hubieran quitado las ganas.
Yo bebí, pero no mucho. Sólo lo suficiente para adormecer el dolor de mi herida. Y superar ese penetrante olor a matadero, a mierda, a terror y a contenido gástrico que emana del combate y los cuerpos desgarrados. En esa ocasión, más espeso y aturdidor que en cualquier otra que pueda recordar. La muerte relaja los esfínteres, eso es seguro, pero algunos de esos gallos se cagaban antes. Y luego las bayonetas abrían en sus vientres arroyos de jugos y fluidos indescriptibles, que se iban acumulando en un amplio charco central. Dos o tres de los ejecutados, pocos en realidad, dieron el pobre espectáculo de implorar perdón a gritos, o debatirse pataleando y luchando desesperados, presas del terror. Hubo necesidad de reducirlos entre varios, hasta que el acero cortaba bruscamente su clamor. Pero fueron los menos.
Por el contrario, un sargento bajo y membrudo, desfigurado por una feroz herida en el rostro que aún sangraba, llegó guapeando, a paso firme, y escupió despectivo a sus verdugos. El tajo horizontal de un corvo le alcanzó en la garganta, y cayó ahogándose en una lluvia rojiza que salpicó a los más cercanos.
De la compañía del “Quillota” autora de la mariconada sangrienta se había identificado y apartado como a 23, me parece, incluidos un subteniente, dos sargentos y un cabo. Lo tengo bien presente, porque recibieron un trato digno de sus méritos. Ignoro si sus otros camaradas del “Quillota” lograron escapar o figuraban entre los caídos en la refriega. Pero a estos los tengo grabados en mi retina.
Había transcurrido mucho rato ya. Serían como las 6, o 6.30 P.M., y aún era de día claro, en pleno marzo. Recuerdo haber pensado que eso estaba bien. Que si teníamos que cobrar la deuda de esa forma, lo hiciéramos a plena luz, y no en la oscuridad que provee anonimato y alienta otro tipo de salvajadas.
A esos traidores del “Quillota” los llevó alguna tropa del “Constitución” hasta una especie de corralón de piedras que había por ahí cerca, a pocos pasos. Lloraban en silencio algunos, y otros se veían muy pálidos, como trabados, al extremo de que difícilmente podían caminar. Igual los metieron a todos en ese redil. Mi regimiento de entonces, el “Constitución N° 1”, había recibido el grueso de las descargas aleves en Huara. Los baleados por la espalda habían sido, pues, nuestros propios camaradas de fila. Ningún oficial intervino, sin embargo. Solo clases y soldados se metieron a aquel corral con los condenados, y sin una sola voz, al unísono - serían como unos 60 pampinos, por lo menos - se les fueron encima con los puros corvos. No estaban maniatados, los prisioneros, y algunos intentaron parar los golpes con sus manos y antebrazos, en un manoteo instintivo. Igual hubieran podido intentarlo con un tren. Se alzó un vocerío espantoso, alienante, puesto que no hubo ahí degüello limpio, rápido, sino un apuñaleo salvaje que buscaba pechos, vientres y riñones. No duraron ni un par de minutos, los del “Quillota”.
Producto del olor a la sangre y también del trago, se desató entonces la vuelta de mano por la mutilación de nuestra gente. Nosotros les dejamos hacer cuando vinieron para llevarse hacia el corral el cuerpo ya muy maltrecho de Robles, y también los de otros doce o quince oficiales y clases antes ajusticiados. Hubo charqueo allí - ¿a que ocultarlo a Uds.? - tal y como esas bestias habían procedido en Huara con nuestros muertos. Quizás si fue mejor así, porque el comandante Moraga aprovechó la coyuntura para mandar retirar al resto de los prisioneros, que bordeaban ya un estado de terror colectivo. Algunos, muy jóvenes, estaban descompuestos, y se habían hecho de todo encima. Se les llevó a la estación y al pueblo de Pozo Almonte para custodiarlos esa noche en los galpones de la salitrera y el ferrocarril. Sus heridos recibieron allí, recién entonces, la atención de nuestra ambulancia. Entiendo que dos o tres de los ilesos intentaron fugarse antes de amanecer, y fueron dados de baja por los centinelas.
Fueron en total 94 los que se liquidaron esa tarde en Pozo Almonte. No ha habido más ejecuciones de prisioneros con posterioridad.
- Bien - Délano paseó la vista por la cámara silenciosa - Eso resume la verdad de lo ocurrido el 7 de marzo, en lo que empece a mi testimonio. Versión que es coincidente con las de aquellos de Uds. que se batieron ese día. Parece de elemental lealtad narrársela al resto de los presentes sin tapujos, puesto que muchos de los mismos soldados que forman hoy a sus órdenes estuvieron allí y vivieron la función completa. Atenderé ahora las preguntas que estimen formular a este respecto.
Siguió un silencio expectante y prolongado, que yo aproveché para alcanzar una tercera copa, ahora de aguardiente. Realmente la necesitaba. De a poco fueron surgiendo distintas preguntas de la audiencia, aún sobrecogida. Además de los obvios datos técnicos sobre la evolución de las tropas, oportunidad de las órdenes, topografía del campo de batalla y las distancias recorridas, me di cuenta de que las consultas se orientaban especialmente hacia los detalles ghoulicos del caso Robles.
- Los cuerpos de unos quince o veinte ejecutados estaban muy charqueados al día siguiente - explicó Délano - y el de Robles en especial. Troceado, literalmente. Yo personalmente no lo vi., porque mi lesión me dificultaba mucho el moverme, y fui evacuado en el tren a mediodía. Pero el doctor Echegoyen, que acompañaba a los heridos en el convoy rumbo a Iquique, me relató durante el trayecto que esa mañana uno de nuestros capitanes - Letelier, medio pariente de Robles o algo así - solicitó sus restos para rescatarlos de la fosa común. Mi coronel del Canto, ya al tanto de todo, lo autorizó sin preguntas. El propio cirujano le ayudó entonces, con unos camilleros, a juntar lo que quedaba. Y luego, cuando ese oficial discurrió salar tales despojos, a fin de evitar su descomposición en el clima tórrido, con la idea de remitirlos a Valparaíso, a nadie le pareció aquello una locura. Creo que ya nada podía sorprendernos. Y tal cual lo hicieron. Me contaba el doctor que metieron todo en un costal calichero de lona fuerte, y agregaron como medio quintal de sal gruesa, tomado de las provisiones balmacedistas capturadas. El bulto no medía más de doce o quince palmos, porque los miembros habían sido destazados - así como el cráneo, del que incluso se había separado la mandíbula - y el tronco se encontraba totalmente eviscerado. Así pues, esa mañana del día 8, mientras varios de Uds. viajaban en el “Maipo” para venir a unirse a la Armada y al Congreso, Robles también viajaba, hecho fardo, en el mismo tren que me llevaba a Iquique.
Como se ha hecho público, Letelier consiguió finalmente remitir esos restos a Valparaíso en un mercante, consignados a la familia de Robles, creyendo, supongo, cumplir con un deber. Pero allí ardió Troya, lo que no ignoran Uds., pues la dictadura armó con ello un escándalo mayúsculo, afirmando que el gesto constituiría una burla macabra de nuestra parte hacia los deudos, mancillando de paso el honor del Ejército de Chile, etcétera.... En fin, ya estaba hecho.
Otras interrogantes que redundaban en el mismo tema siguieron durante algunos minutos. A poco, Délano cortó casi bruscamente
- Todo lo aquí expuesto, que, reitero, lo ha sido en un gesto de lealtad entre camaradas de armas, debe mantenerse bajo estricta reserva hasta que el mando curse nuevas órdenes sobre esta materia en particular.
Conforme a ello, y de acuerdo a lo que les anticipara, la única verdad oficial sobre lo ocurrido en Pozo Almonte - fíjense bien - es la siguiente:
Primero. Todos los caídos del Ejército de Chile en esa acción, lo fueron durante la batalla, sin excepciones.
Segundo. Producto de una reacción por el anterior asesinato y ensañamiento con nuestros hombres en Huara, la tropa mutiló de propia iniciativa algunos cadáveres de oficiales y clases caídos en combate. Repito: sólo se mutiló cadáveres, y nadie - absolutamente nadie - fue ejecutado.
¿Preguntas?
Nadie dijo palabra.
- De acuerdo, entonces - cerró Délano ágilmente - Debo ser majadero en reiterar las órdenes vigentes. Todo lo explicado aquí pasa a ser confidencial y restringido al ámbito de oficiales jefes. La excepción es el subteniente Olmedo, de cuya reserva respondemos tanto el comandante Bernales del Iquique N° 6 como yo mismo. Nada, absolutamente nada de lo aquí expuesto, que no sea coincidente con la versión oficial, puede ser comentado con la tropa. Menos aún constituir tema en la correspondencia a sus familias.
En concreto, aquí se cierra definitivamente el tema Huara-Iquique-Pozo Almonte.
Y no olviden : "aquello que no haya sido consultado y tratado hoy en esta cámara, tampoco puede ser abordado en lo futuro". Gracias por su atención - concluyó con premura - Mañana a las 8 A.M. se efectuará, aquí mismo, una reunión citada por el señor Comandante de la Primera Brigada, con el objeto de coordinar el desembarco en Carrizal Bajo. Hasta entonces y buenas noches.
Yo me retiré en silencio. Mientras me desnudaba para disfrutar mi cucheta supletoria en la cámara del comandante del Cachapoal, me preguntaba cómo habría reaccionado Délano si le hubiera formulado la pregunta que me rondaba la cabeza. Un mínimo de sentido común me había llevado a callar en ese instante. No era tema para ser conversado ante testigos. Y mi rango subalterno en esa cámara, por otra parte, no hubiera permitido esa confianza. Quizás si más adelante, no obstante su seria advertencia, el mayor accedería a repasar un poco los detalles. Porque algo relevante, me decía mi olfato de superviviente en el clandestinaje, había quedado sin explicar.
* * *
El siguiente día, miércoles 8, y parte de la mañana del jueves 9 de julio transcurrieron monótonamente, al compás de las escasas obligaciones del servicio, cumplidas en la incomodidad extrema impuesta por la inusual masa de pasajeros y bestias a bordo del “Cachapoal”. Navegábamos alejados de la costa - imposible decir a qué altura - para evitar un no deseado encuentro con las cazatorpederas de Balmaceda. Pude disponer de abundante tiempo libre para dedicarlo a la instrucción especial de mi ordenanza, y mantuve a Melo afanado durante horas armando y desarmando su fusil, practicando su manejo y memorizando voces de mando. El chico estaba feliz, y mostraba una disposición y espíritu excelentes......sólo que se veía tan debilucho y farruto en comparación con los fornidos, curtidos trabajadores del salitre que formaban a su lado.
Algún intercambio de ideas y distendidas charlas con mis superiores de la 4ª Compañía - convenientemente impresionados por mi larga permanencia en la cámara de oficiales de la nave - contribuyeron a pasar el rato y amenizar las largas horas de inactividad, en tanto observábamos el rondar de la “O'Higgins”, que escoltaba nuestro tranquilo navegar.
Como a las 8 A.M. de ese jueves se notó un cambio en el rumbo de las naves, que cayeron marcadamente a babor, y la tropa empezó a animarse y a comentar que nos acercábamos a tierra. Así era. Minutos pasadas las 3 P.M. el transporte largaba el ancla en Carrizal Bajo.
Era esta una rada que yo apenas conocía, y en tanto se implementaba un caótico y muy desordenado desembarque, luego de amunicionar a la tropa, procuré hacerme una composición del lugar. La ausencia de vegetación, excepto en un sector determinado que supuse un humedal, los ocres cerros desnudos y el paisaje árido, todo rocas y arena, semejaban la vista de Huasco y Huasco Bajo, algo más al sur, lugares que sí conocía bien de otros viajes.
Vicente Merino se dio un tiempo para acudir personalmente a despedirme momentos antes de que mi cuarta abandonara la nave.
- No se te ocurra morirte por ahí, paisano - rió, y me abrazó estrechamente, con afecto sincero, confortante, que le nacía en forma natural. Nos deseamos mutuamente vida y fortuna para lo que seguiría.
Con la ayuda de bongos pesqueros que se sumaron al esfuerzo de las chalupas de ambas naves, logramos poner pie en tierra cerca de las 5 P.M. Lo hicimos en un muelle recio, construido en gruesos maderos de roble pellín, sobre el que se tendía una vía de rieles que avanzaba hacia una amplia explanada. Un brazo mecánico funcionaba en el muelle, y facilitó el traslado a tierra firme de la artillería y bagajes. Numerosos castillos de madera aserreada se elevaban en un inmenso patio inmediato al embarcadero, esperando su traslado al interior y quizás detenidos por la guerra. Olorosa madera nativa procedente de Corral, u otro puerto sureño. Poco más allá, amplios galpones, bodegas, casas y hasta una calle de dos cuadras de largo afirmaban la importancia del lugar. Carrizal Bajo era puerto de salida de buena parte de los productos mineros y agrícolas del sur atacameño.
Formada la tropa, hubo revista por compañías a cargo de sus capitanes, y enseguida la caballería fue despachada en descubierta. Luego se nos entregó el acostumbrado, magro rancho frío, que incluía ahora la temible galleta marinera, pasando de inmediato al reposo. La guardia quedó encargada al “Antofagasta N° 8”. Los oficiales del “Iquique” nos acomodamos en los castillos de madera, donde Nacho me tendió una cama casi cómoda con trozos de guangoche y lona, conseguidos de no sé donde. Abrigados en nuestras mantas - yo, en mi abrigado poncho - pasamos una noche plácida, con apenas algo de frío al amanecer.
La siguiente jornada - aniversario de La Concepción y Huamachuco - nos ocupó desde temprano en el apresto de marcha y nueva entrega de munición a la tropa, una rápida práctica general de manejo del Männlicher y el reparto de un rancho ahora caliente que se proporcionó puntualmente a las 10 A.M. Sin más demora abordamos un larguísimo ferrocarril de trocha angosta, compuesto por numerosos pequeños carros de cubierta plana para el carguío de mineral. Dos locomotoras y un tender lo encabezaban. Alrededor de las 11.30 el convoy empezó a moverse lentamente alejándose del puerto. A poco contemplábamos a nuestro alrededor un inmenso erial formado por cerros y quebradas amarillo-parduscos. La proyectada vía Huasco-Vallenar, que debiera unir ambos puntos discurriendo junto al lecho del río Huasco y el verdor, estaba aún inconclusa. El fallido contrato Lord - uno de los negociados del balmacedismo - y la misma guerra civil, tenían la obra en estado de abandono. Ello explicaba nuestra opción Carrizal Bajo - Vallenar en jornada mixta de tren y marcha de infantería.
La aridez del paisaje aledaño sobrecogía en su rudeza. La temperatura de julio resultaba soportable, pero la tropa no portaba caramañolas y la sed se hacía sentir. Poco después de las 5 P.M. el tren se detuvo en lo que supusimos sería el terminal de ese ramal ferroviario. Se trataba de un amplio establecimiento para el tratamiento de pastas, con enormes cobertizos cubiertos de planchas de fierro, chancadoras de vapor, molinos de rueda y estanques, todo en buenas condiciones, aunque sin personal para operarlo. Apenas si había allí un anciano cuidador de las instalaciones, acompañado de una jauría numerosa de perros mestizos. En el lugar nos esperaba nuestra caballería y también una patrulla escoltando al oficial de enlace enviado por el teniente coronel José I. López, comandante del “Constitución N° 1” y jefe de nuestras fuerzas que ya ocupaban la provincia.
(Fue en junio de 1880, cuando yo cumplía deberes en la “Chacabuco”, la primera vez que escuché hablar de ese López. Los relatos de prensa sobre el Asalto y Toma del Morro de Arica transcribían el parte del comandante del 3º de Línea, que citaba al joven subteniente como el primero en transponer el muro de sacos de arena que defendía el fuerte Ciudadela y arrebatar una bandera enemiga en esa mañana gloriosa.
Que escalofríos de admiración y entusiasmo provocaban tales noticias a todos los jóvenes que vestíamos entonces de uniforme! )
Luego de proveer de agua potable a nuestra gente, disponer la guardia de rigor y repartir nuevamente rancho frío, se ordenó reposo inmediato sobre el terreno, para continuar la marcha a pié de amanecida. La guardia correspondió esta vez a la 1ª compañía de mi batallón.
Antes de dormirnos con la bóveda celeste como techo, comentamos alegremente las noticias aportadas por el enlace. Eran muy positivas. Luego de un amago que gatillara la alarma congresista, motivando el envío de las tropas de refuerzo que yo viera embarcar el día de mi arribo a Iquique, el 30 anterior, se había producido efectivamente un ataque de la caballería balmacedista sobre Vallenar, que nos costó 13 bajas. La Sorpresa de Vallenar, le llamaban. Nuestras fuerzas retrocedieron, se hicieron fuertes en un curso de agua seco llamado Manganeso e inesperadamente reforzados por el “Constitución Nº 1” que venía desembarcando en Carrizal Bajo, avanzaron buscando cortar a la caballería enemiga de su base, para el desquite en un choque decisivo. El jefe enemigo - uno de los hermanos Almarza - optó por retirarse hacia Coquimbo, abandonando definitivamente la provincia de Huasco. Esta se encontraba ahora completamente libre de enemigos, y la población huasquina, abiertamente partidaria del Congreso, manifestaba su voluntad de proveernos de vituallas, ganado, alojamiento cómodo y todo lo que fuere necesario. Habían reunido en pocos días una caja de $ 250.000 en efectivo para la causa, y una notable cantidad de voluntarios iniciaría su enganche formal con la llegada del armamento que transportábamos. ¿Podríamos desear más?
Levantados sin diana a las 3 A.M., emprendimos la marcha a pié a las 4 en punto, en noche cerrada, precedidos siempre por la caballería y una vanguardia de infantes que aprovecharía de practicar el orden disperso en el terreno. El avance se hizo pesado con la salida del sol - uno se podía imaginar lo que sería aquello en pleno verano - aunque lo facilitaba el mantenernos sobre el trazado de un camino sólido y bien asentado. Alrededor de las 8 A.M., un brevísimo alto de sólo 15 minutos permitió el reparto de galleta y charqui a la tropa. Sin más pausa se retomó el camino, en tanto los soldados, manteniendo el humor y su moral en alto, intentaban entrarle diente a sus raciones sin parar de caminar. Las huellas profundas y recientes de carros en la senda denotaban su uso continuado. Pasadas las 3 P.M. llegamos a una hermosa hacienda de verdes potreros extendidos como terrazas mirando el río Huasco, que la limitaba por el sur. El curso de agua se encajonaba a unos 250 o 300 pies de profundidad, y era apenas un hilillo en pleno invierno. Los potreros elevados se regaban mediante bocatomas ubicadas río arriba. Rancho caliente con asado de chivato, pan crujiente y papas cocidas nos esperaba allí, y se nos autorizó luego a reposar casi una hora sobre el pasto, junto a un almatriche rumoroso. La tropa se ubicó aprovechando la sombra de algunos árboles y de unos inmensos galpones de adobe. Los oficiales recibimos entonces órdenes de revisar el estado de los pies de nuestra gente, comprobando que la buena calidad de las botas había reducido sólo a algunas peladuras, por mal uso del equipo, las temidas lesiones por ese concepto. Ninguno de ellos usaba nada parecido a una media o cosa semejante, teniendo el cuero del calzado en directo contacto con la piel. Yo personalmente sentía mis botas cómodas y flexibles, habiendo cuidado de atarlas bien luego de embutirme dos pares de calcetas de hilo apenas desembarcado. En la tropa, el hedor de pies y cuerpos sin lavar se hacía ya sentir sin atenuantes.
Al reanudar nuestro avance, el camino nos llevó hasta el borde de la profunda quebrada labrada por el río en épocas pretéritas, y una vasta panorámica del valle, estrecho pero admirablemente aprovechado, se mostró a nuestros ojos. Anchos y espaciados liños de olivos, defendidos por pretiles de piedra, se extendían en terraplenes ganados al Huasco en ambas riberas. Otros se advertían cultivados con alfalfa, trigo, papas o cebada. Pequeñas viñas trepaban por las pedregosas laderas, y tupidas higueras sombreaban ranchos aislados de campesinos, quizás inquilinos de la hacienda. Abundancia de ganado caprino y aves de corral, así como asnos y pollinos en cantidad asombrosa completaban la hospitalaria vista. Parecía que discurriéramos por las riberas del Jordán, o del lago Tiberíades, en Tierra Santa.
Avanzando sin interrupción mientras caía la tarde, junto con sus últimas luces descendimos al fondo del cañón y pasamos un vado en que el curso de agua no superaba nuestros tobillos. Poco después iniciamos el ingreso a la antigua villa de Ballenary, ciudad natal - recordé - de mi antiguo jefe, don Carlos Walker Martínez. Pasadas las 8 P.M. del sábado 11 de julio, formados frente a la parroquia en una de las calles de su plaza sin esquinas, similar a la de Rancagua, recibimos la bienvenida de las autoridades y ciudadanos de Vallenar.
Nuestro destino momentáneo fue cumplir guarnición en la ciudad e inmediaciones, guardando sus accesos desde el sur. Ello implicaba continuar el enrolamiento de tropa, desde luego, y en especial desarrollar acelerada y prioritariamente la instrucción del orden disperso. Nuestra dotación se completó íntegra el primer día de enganche, y una lista larga de voluntarios sobrantes se mantuvo a disposición de lo que se ordenara desde Iquique. La ciudad, recostada en el fondo de la inmensa quebrada, contaba con una meseta ubicada directamente al sur y por sobre la ciudad, que parecía hecha a propósito para la instrucción de infantería. Rodeada de quebradillas y accidentes de todo tipo, esa especie de pampilla árida permitía tanto la práctica del aprovechamiento del terreno como la función de apoyo, el juego de la reserva móvil y el tiro sobre blancos fijos y movibles. Todo ello se comenzó a instruir desde ese mismo instante y en forma sistemática.
Así empezaron a correr los días, con la pesada instrucción de combate llenando la jornada en dos turnos diarios - mañana y tarde - de tres a cuatro horas cada uno. Inicialmente no se contemplaba puerta franca para la tropa, pero prontamente hubo necesidad de implementarla. La abierta, abrumadora hospitalidad que nos rodeaba así lo exigía. Muchas mujeres jóvenes, casi chiquillas algunas, a veces notablemente hermosas con sus lazos y pañuelos rojos congresistas, y siempre en cantidad sorprendente, asediaban nuestros improvisados cuarteles. Acoso muy positivo en cuanto a incentivar el aseo de la tropa. Autorizados para ausentarse por un par de horas, los escogidos solían desaparecer hasta la siguiente diana. Concurrían también señoritas de familia, flanqueadas por sus chaperonas, para invitar a los oficiales al té y a la tertulia en sus hogares. Hogares respetables de la sociedad vallenarina, naturalmente. Al tercer o cuarto día hubo sarao para los oficiales en la Gobernación. Yo me abstuve. El asunto de Juana estaba bien, pero una aventura galante en ese medio social, trascendería hasta Santiago en un soplo. Por el contrario, en un acto de contrición, despaché hacia la costa una carta de varias páginas a María Teresa. En ella resumía las últimas y excelentes noticias recibidas de su hermano a bordo del “Cachapoal”. Sería circulada por mano del correo leal que reemplazaba al servicio censurado por la dictadura.
Los comandantes de unidades se manifestaban muy satisfechos con los progresos en la instrucción de la tropa, de acuerdo a lo que nos comentaba el mayor Délano cada noche. Yo mismo, aunque no estaba en situación de hacerme un cuadro general de la Brigada, podía palpar los excelentes resultados en mi cuarta - elevada a 20 hombres con el enganche - y también en mi Compañía.
Renovadas comitivas de peces gordos de la ciudad, así como de personajes de relevancia en la provincia de Huasco, se hacían presentes cada tarde en la meseta, a presentar sus respetos al comandante de la Primera Brigada y su Estado Mayor. El comandante Frías, plegándose a los usos, había establecido todo un ceremonial para el efecto, y nosotros disfrutábamos observando el besamanos desde prudente distancia, durante nuestros breves periodos de descanso. El aporte generoso de ganado y víveres de todo tipo traídos voluntariamente desde distintas localidades del interior era diario y abundante, justificando plenamente el intercambio de salutaciones. Sabíamos perfectamente que a las tropas balmacedistas del Ejército, durante su breve permanencia en el Huasco, se les había negado todo, ocultado los recursos y bestias eficiente y hábilmente.
Una tarde, nueve o diez días después de nuestro arribo a Vallenar, terminada la jornada, nos preocupábamos de formar a la gente para iniciar el descenso hacia la ciudad. Serían como las 5 P.M. y aún no obscurecía, cuando toda la actividad se detuvo con el arribo de una cabalgata, inusual por lo numerosa y la prestancia de sus jinetes. No menos de 30 serían, luciendo idénticos sombreros y ponchos pardinegros, guiados por un hombre mayor. Todos montaban magníficas cabalgaduras, llevaban buenas Winchester o Spencer en sus arzones y llamativos pañuelos rojos de la causa al cuello. Dejando a nuestros hombres formados, los oficiales del Iquique nos fuimos aproximando al grupo, autorizados por la falta de órdenes en contrario y la tácita aceptación de nuestros jefes.
El jinete principal era un hombre ya mayor, magro de carnes, de tez algo cetrina y un enorme bigote, que vestía una finísima manta de lana de guanaco y botas de cordobán. Una distinción natural, una especie de aura, emanaba de su persona. Junto a él, montando de través en silla de amazona y luciendo lujoso ropón negro, una joven rellenita y de sonrisa encantadora llevaba la conversación con nuestros jefes. Se trataba de Simón Gallo, cacique de San Ambrosio, ciudad principal de un valle interior, y su hija Raquel. El señor Gallo traía a un grupo de jóvenes de su feudo para unirse a la revolución, incluyéndose entre ellos varios de sus hijos, deudos y entenados. Rehusó cortés y gentilmente considerar siquiera la negativa inicial de reclutamiento a granel expuesta por nuestro comandante, y como también había traído una tropilla de buenos caballos en donación, además de ganado vacuno en pié y una muestra abundante de sus mostos, la situación se transó de momento en una invitación a toda la oficialidad para compartir una cena campestre en las riberas del Huasco esa misma noche. Con la expresión "toda la oficialidad" Gallo quiso significar exactamente eso, la de toda la Brigada. Mi comandante Frías aceptó, con restricciones. Pero tres regimientos de infantería - con excepción de las guarniciones destinadas a Freirina y Huasco - más la brigada de artillería, el remanente de la caballería en rotación y la compañía de ingenieros, agregando al propio comando y a los médicos de la ambulancia, representaban largo más de 200 oficiales. Sólo la mitad fuimos autorizados para concurrir al convite, y casi hubo trifulca al momento de designar a los que asistirían. El mando se pronunció, inflexible, y Délano veló por mí. Un par de horas mas tarde, habiendo dejado a nuestra agotada tropa reposando, un enorme grupo de oficiales, lavados, relamidos y compuestos, nos hacíamos presentes en el campamento del recién llegado. Su administrador, que lo acompañaba, había tomado en arriendo unos potreros ubicados aguas arriba, a cinco o _________________ "Tengo hambre"- Bernardo O'Higgins (Tiene que haberlo dicho alguna vez) |
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| Filibusteria |
Publicado: Sab Feb 09, 2008 2:29 pm Asunto: |
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 Sub-Oficial
Registrado: 28 Jun 2007 Mensajes: 525 Ubicación: Santiago
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Su administrador, que lo acompañaba, había tomado en arriendo unos potreros ubicados aguas arriba, a cinco o seis cuadras al oriente de la plaza de armas, para el talaje de sus bestias, desenganche de los carros e instalación de carpas y camas. El hombre viajaba en grande.
Simón Gallo era un hombre de mediana estatura, que ahora descubierto mostraba un espeso cabello negro apenas veteado de gris. Le calculé unos 60 años. Supe después que llevaba cumplido los 76. Nada de parco, su trato era ceremonioso, aunque cordial y acogedor. Medio hermano mayor de los patriarcas copiapinos Ángel Custodio y Pedro León, trasuntaba idéntico don de gentes y nobleza que los desaparecidos líderes del radicalismo. El apoyo familiar y su propio trabajo le habían permitido consolidar una fortuna que se estimaba considerable, aún en esa zona de tanta riqueza minera. Su hija Raquel, regordeta, muy femenina y graciosa, parecía francamente fascinada por el teniente coronel Bernales, el comandante de mi Iquique. Ello no le impidió disponer con soltura la atención esmerada de tanto invitado. Largos tableros montados sobre caballetes habían sido cubierto por finos manteles, y rodeados de bancas cubiertas por pieles de cabríos. Las viandas fueron presentadas en fuentes y vajilla de loza europea. Brindamos en verdaderas copas de Bohemia, tan delicadas que daba temor el romperlas de solo alzarlas. No advertí trazas de vidrio o loza común. El ágape, increíble por sus comodidades y detalles tratándose de un mero campamento, era asistido por un pequeño ejército de criados, empleadas y cocineras.
Lo del enrolamiento de los voluntarios de Gallo se arregló rápidamente con la incorporación de sus jinetes al escuadrón de Granaderos comandado por el teniente coronel Rodolfo Ovalle. En rigor, esa unidad correspondía a la Tercera Brigada, con transitorio asiento en Copiapó, y estaba apoyándonos en la coyuntura. Nuestra cercanía al enemigo, que contaba con una división completa de 8 o 9.000 hombres en Coquimbo, hacía necesario el empleo constante de esa arma. Su rapidez de desplazamiento en terreno, le otorgaba el carácter de antenas sensoras. El comandante Ovalle había encajado el choque inicial de la Sorpresa de Vallenar, y los nuevos, bien montados jinetes huasquinos, sumados al aporte de buen ganado de remonta, le venían de perlas. Fue de estos rudos centauros atacameños que escuché por primera vez la canción "Juar, la Revolución", entonada en forma salvaje. (*)
Catamos entonces - yo, por vez primera - el afamado pajarete tinto elaborado según receta ancestral de los Gallo en la zona del valle de San Ambrosio. Un verdadero néctar. Quienquiera que lo haya comparado con el áspero pintatani moqueguano no tiene idea de lo que habla.
En el transcurso de la amena conversación, nuestro anfitrión nos entretuvo con antiguas historias y leyendas mineras de la provincia. El, por ejemplo, había visto al “alicanto”, el ave mítica de los mineros, sostuvo de entrada con la mayor seriedad. Nos informó también que el camino hacia sus posesiones - por ásperos senderos labrados en los cerros remontando el curso del Huasco - pasaba por la única y verdadera Quebrada del Ají. Recordé en ese momento aquella cercana a Quillota, amen de otras varias a lo largo del país, pero mantuve mi boca bien cerrada. Tales sendas trabajadas en los riscos - ampliaba su comentario Gallo - eran tan estrechas que permitían el tránsito de carretas sólo en un sentido, debiendo regularse cuidadosamente su utilización.
Ahíto de exquisita carne asada y camarones de río preparado en variadas formas, distendido por el calorcillo de los magníficos pajaretes y aguardientes que se nos brindaba, yo disfrutaba plenamente la entretenida charla con que el patriarca y otros dos o tres de sus empleados o parientes nos entretenían. Explicaban las razones para no utilizar leña, sino herraj, en el proceso de asar ciertos alimentos, solución típica de una zona olivarera, cuando, sorpresivamente, un ordenanza salido de alguna parte tocó discretamente mi hombro. En voz baja me comunicó que el comandante Bernales requería mi presencia de inmediato.
Encontré al comandante del “Iquique” junto a un azud de alegre girar, de aquellos que proveían a las acequias de riego, a escasos pasos de la tertulia, pero haciendo un aparte de ésta para no interrumpir su desarrollo. Se encontraban también allí el comandante de la Brigada, los jefes del “Constitución” y el “Antofagasta”, López y Goñi, además de Délano, Berguño, Hurtado y otros oficiales con mando a quienes conociera durante el viaje Iquique - Carrizal Bajo. Un jinete cuya montura jadeaba a pocos pasos, se encontraba retirado a discreción junto al grupo. Parecía evidente que la reunión era de emergencia ante noticias recién llegadas. ¿De donde?
- Entregue el mando de su cuarta al cabo más antiguo, Olmedo - me interpeló Bernales sin ningún preámbulo, apenas me presenté - y coordine con Cid para que la instrucción continúe sin tropiezos. Provéase enseguida de una montura fresca que le proporcionará “Carabineros del Norte”. El comandante Montt de esa unidad tiene ya instrucciones para el efecto. Diríjase acto seguido, sin demora alguna, a Huasco, y preséntese allí al comandante del “Cachapoal”, que viene en ruta al puerto, o quizás ya lo espera allí. Un soldado montado lo escoltará para traer de vuelta su cabalgadura y la conformidad de su embarque. Proceda ahora mismo y sin dilaciones.
Yo no atinaba a saludar y retirarme con tan pobre explicación, y el comandante Frías terció en mi ayuda:
- He recibido órdenes directas que le conciernen, teniente - explicó amable y calmadamente. Un pliego de característico papel amarillo en su diestra me indicaba que el jinete había sido despachado desde la oficina del telégrafo en la ciudad - El “Cachapoal” ha fondeado en Carrizal Bajo a media tarde de ayer, trayendo munición de artillería, caramañolas, morrales, ponchos y los nuevos uniformes para la brigada. Su comandante ha tomado contacto telegráfico desde el puerto para comunicarme lo más urgente. El tren está corriente, pero el convoy pernocta hoy en el otro extremo de la línea, y aún si así no fuera, no alcanza hasta Vallenar. Igualmente tendría Ud. que hacer una buena cabalgada hasta alcanzarlo. Por eso hemos convenido en que el vapor lo embarcará a Ud. en Huasco, y es necesario que se traslade a ese puerto sin demora - Frías hizo una pausa - Lleve dos monturas para Ud. y otras dos para su escolta, de tal forma que pueda mantener un trote continuo. El camino está en buenas condiciones, según se me informa. Si se aplica, podrá llegar allá mucho antes de clarear. El “Cachapoal” lo espera sólo a Ud., y podrá zarpar enseguida. Ordénele al soldado que lo acompañará que, una vez que Ud. haya embarcado, se presente al oficial que manda una cuarta del “Constitución” en custodia del puerto. Debe darle la conformidad de su partida y regresar enseguida a esta ciudad con los pliegos que ha traído el “Cachapoal”. ¿Alguna duda?
- No, mi comandante. Parto de inmediato - conseguí afirmar con cierta energía - Puedo, señor.... preguntar con que destino?
- Iquique - respondió, mirándome tan perplejo como yo - El Comandante en Jefe ha dispuesto que Ud. se presente allí lo antes posible.
* * *
(*) Juar, Juar, Juar
arriba la Revolución,
que muera Balmaceda.. (y)
que viva Jorges Montt
Juar, Juar, Juar,
llegó la Revolución,
que sangre La Moneda
ya viene el cuchillón
Nota de Filibusteria: Excelente, muy bueno. Deberían hacer una pelicula. Espero impaciente el resto. Gracias. _________________ "Tengo hambre"- Bernardo O'Higgins (Tiene que haberlo dicho alguna vez) |
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| loco chile |
Publicado: Sab Feb 09, 2008 8:33 pm Asunto: |
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 General en Jefe
Registrado: 22 Abr 2007 Mensajes: 2095
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Estimado Herkos
Hasta tuve problemas con mi esposa por culpa del texto.
Me enganche tanto .. que no la quise acompañar al Supermercado.
Espero que puedas enviarle a Filibusteria la continuación del relato a la brevedad.
Saludos cordiales. _________________ Te juro yo Bandera ... ser tu mas fiel esclavo.
Que el enemigo tiemble ... cuando el Comando llegue. |
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| Herkos Odonto |
Publicado: Sab Feb 09, 2008 10:05 pm Asunto: |
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General de Brigada
Registrado: 12 Abr 2007 Mensajes: 739
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Que bien que te haya agradado, Loco. Son memorias muy reales, o mas bien un largo informe terminado en 1892, adaptado al idioma actual. Como soldado, seguramente captaste la mano del que si ha olido la pólvora detrás del relato original.
Pero (siempre tiene que haber un pero, eh ?) : no puede publicarse mas del 25% del texto global, para no perjudicar legalmente su propiedad intelectual, por una parte. Y tampoco puede darse a conocer secciones - o capítulos - seguidos. Debe necesariamente fraccionarse.
Ayudado por Filibustería (gracias de nuevo, joven amigo) quise subir este texto al Foro para tantear el interés que pudiera despertar. Si lo hubiera, postearé otras secciones, y espero contar con similar ayuda. Le comentaba a Filibustería que, seguramente, algunos foristas querrán conocer - en especial - la narración que se refiere a los hechos de armas de Concón y La Placilla en ese lluvioso y heladísimo invierno de 1891. Así es que estaré atento a comentarios. Si son como el tuyo, es cosa hecha. Y capaz que con ello, la editorial se decida finalmente a publicar "Jamás Vencidos".
Atentos saludos. |
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| Filibusteria |
Publicado: Sab Feb 09, 2008 10:29 pm Asunto: |
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 Sub-Oficial
Registrado: 28 Jun 2007 Mensajes: 525 Ubicación: Santiago
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La parte de la reunion en el Cachapoal es la que más me gusta. La cara que deben haber tenido todos cuando relataban la suerte de los prisioneros balmacedistas. _________________ "Tengo hambre"- Bernardo O'Higgins (Tiene que haberlo dicho alguna vez) |
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| loco chile |
Publicado: Dom Feb 10, 2008 12:43 am Asunto: |
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 General en Jefe
Registrado: 22 Abr 2007 Mensajes: 2095
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Hace algún tiempo mi querido Herkos ... consecuencia de los esfuerzos realizados para traer de vuelta al Soldado del Zig Zag ... conversábamos respecto a algunos "códigos" poco conocidos que se acostumbran en el Ejercito.
Esa reunion a bordo del Cachapoal ... la verdad es que reveló varios de esos códigos y costumbres que nadie menciona .. pero que existieron y que se pasan de generación a generación.
Esas tradiciones guerreras no convencionales ... están presentes en las instrucciones de esgrima de bayoneta .. esgrima de corvo .. desarrollo del espíritu de cuerpo .. espíritu de sacrificio ... hermandad en el sufrimiento y el dolor ... y en muchas otras importantes partes de la formación del soldado que tu tan bien conoces.
Espero ansioso poder continuar leyendo ... lo que si se pueda publicar.
Saludos y gracias por compartir tu tesoro con Batallas Herkos. _________________ Te juro yo Bandera ... ser tu mas fiel esclavo.
Que el enemigo tiemble ... cuando el Comando llegue. |
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| Herkos Odonto |
Publicado: Lun Feb 11, 2008 5:43 pm Asunto: |
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General de Brigada
Registrado: 12 Abr 2007 Mensajes: 739
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El relato completo está contenido, como señalara por ahí, en 22 cuadernos de formato horizontal con rayado de contabilidad y tapas gruesas, manuscrito con grafito. Se escribió de un tirón, según expresan las fechas allí anotadas, entre abril y junio de 1892. Su autor trabajó teniendo a la vista varias libretas y papeles de apuntes efectuados por el mismo. Llevado ese material al procesador de textos actual, y corregido en su sintaxis y vocabulario, representa unas 350 páginas de oficio. Como se trata de una narración continua, destinada a servir de informe final de lo visto y actuado para un tercero, resulta difícil su separación en capítulos adecuados a una novela actual. De ahí que, sin romper ese relato continuo, opté por presentarla en dos partes, con un total de 16 "secciones".
Con el fin de mantener esa unidad, y con las limitaciones de porcentaje que señalaba mas arriba, enviaré a "Filibustería" en las próximas horas otra sección de la Primera Parte (que estoy revisando), antes de pasar a los hechos de armas que pusieron fin a la Guerra y al gobierno de Balmaceda.
El itinerario y las vivencias de J.M. Olmedo, presentadas en la narración, se resumen así :
1890 - septiembre. Preparación de la lucha, convocado por R. Cumming 1891 - enero a junio. Actividad clandestina. Embarque de voluntarios al
norte, transporte de dineros e información. Contrainteligencia.
1891 - junio. Huída al norte en la lancha inglesa "Caldbeck" liderando
un grupo de 18 jóvenes congresistas. Once días de viaje.
1891 - junio 30. Llegada a Iquique. Contacto con su hermano M. Luis. Entrega de los valores remitidos por Cumming. Incorporación al "Iquique N° 6"
1891 - julio 06 - Embarque de parte de la 1a Brigada en el Cachapoal
con destino a Huasco.(Reunión en la cámara de oficiales narrada
en la sección SIETE ya posteada). Arribo a Carrizal bajo (09.07)
y ocupación de Vallenar. Reclutamiento de voluntarios. Instrucción y preparación de las fuerzas.
1891 - fines de julio : Viaje a Iquique. Presentación a la H. Junta de
Gobierno para informar (por muerte de Cumming). Regreso a Vallenar. Ascenso a teniente en la misma 4a Compañía del 1er Batallón del "Iquique N° 6".
1891 - 2a semana de agosto : embarque en Huasco de toda la 1a.
Brigada. Desembarco en Quinteros el 20.08. Aprestos.
1891 - agosto 21: Batalla de Concón. agosto 23 : amago hacia Viña del
Mar. agosto 24 : en marcha hacia Limache.
1891 - agosto 25 al 27 : marcha por la ruta Marga-Marga, Hacienda Las
Palmas y Hacienda Las Cadenas. Aprestos.
1891 - agosto 28 : Batalla de La Placilla. Ocupación de Valparaíso.
1891 - septiembre : El "Iquique" enviado a la colonia de punta Arenas. Ocupación y captura de las fuerzas del "Tacna 2° de Línea". Destinado como jefe de guarnición.
1891 - noviembre. Reincoporado su Regimiento en Valparaíso.
diciembre : entrevistas para decidir posición futura.
1892 - enero. Desmovilizado del Ejército Constitucional.
1892 - febrero. Adjudicación de un campo en Teno mediante remate
judicial.
1892 - Preparación de informe final sobre lo actuado en los 22 cuadernos ya citados.
Atentos saludos. |
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| Filibusteria |
Publicado: Mar Feb 12, 2008 1:51 pm Asunto: |
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 Sub-Oficial
Registrado: 28 Jun 2007 Mensajes: 525 Ubicación: Santiago
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He subido este fragmento con la autorización de Raúl Olmedo D., nieto del autor y poseedor de los derechos. Cualquier reproducción de éste con fines comerciales sin aprovación de Raúl Olmedo está estrictamente prohibido.
NUEVE
Sin preámbulo alguno fui introducido a un vasto salón, formado probablemente por la unión de dos habitaciones en el segundo piso de la improvisada sede de gobierno congresista. Suavemente iluminadas por bujías de cera instaladas en varios candelabros, unas catorce o quince personas rodeaban, de pié junto a sus sillas de brazos, una amplia mesa ovalada. Parecía bastante claro que se había producido una pausa en la reunión que celebraban.
En el extremo más alejado reconocí de inmediato la corta figura en uniforme naval y barba renegrida del capitán de navío Jorge Montt, serio, reconcentrado. A su izquierda, bajo la calva cabeza, el conocido, adusto y ceñudo rostro - ocultando su carácter benévolo - de don Ramón Barros Luco. A su diestra, sonriente, patriarcal, muy parecido a mi abuelo, me observaba dulcemente el senador Waldo Silva. La Junta en pleno, pues. Joaquín Walker se adelantó de alguna parte a saludarme, y enseguida le alcanzó Isidoro Errázuriz. Ambos ministros inquirieron amablemente por mi situación personal y las condiciones de mi viaje, en un obvio intento de hacerme sentir cómodo. Quizás también si para hacer saber al resto que me distinguían con su amistad y protección.
Mientras cambiábamos breves frases protocolares, fui recorriendo la habitación con la mirada. Ahí estaba Manuel José Irarrázaval, Ministro del Interior, calvo también, aunque espigado, distinguido y elegante. Agrupados, el general Gregorio Urrutia, de barba y bigotes muy cortos y tupidos, sin patillas, con su cabello rapado a ras de cráneo, junto al coronel del Canto y al coronel Salvador Vergara, comandante de la Segunda Brigada, alto y delgado como su padre. Los tres marcaban la presencia militar tradicional luciendo sus grados en la antigua guerrera de Godillot. Al otro costado de la mesa, el recién ascendido coronel Emilio Körner y el comandante Jorge Boonen, enfundados ambos en el nuevo y deslucido uniforme de opacos botones planos, sin corbatín, representaban seguramente al Estado Mayor congresista. Vistiendo sus blazers azul marino, los comandantes del “Cochrane”, Florencio Valenzuela, y del “Esmeralda”, Luis Goñi, hacían la presencia naval. Conocía a los dos desde sus tiempos de tenientes, durante mi servicio en la Armada, y no se recataron ambos en hacerme una seña amistosa desde sus ubicaciones.
Me excusé en ese momento, y sin vacilaciones me dirigí hacia el Comandante en Jefe, ante quien me presenté en posición de firmes. Del Canto recibió mi breve saludo protocolar sin pestañeos, pero un ligero cambio en el ángulo de su bigote me reveló que había acertado al reconocerlo como mi jefe en ese salón.
- Continúe - su seca orden me devolvió al centro del recinto.
De los civiles, se acercó en ese momento a saludar, y a presentarse, el Tesorero Alfredo Délano, de gran prestancia e incipiente calvicie, una copia algo mayor de su hermano José Luis. Me abordó con un comentario jocoso sobre los riesgos de acarrear dinero ajeno en talegas, y los dos ministros junto a mí rieron.
A poco, un carraspeo del capitán Montt, una seña silenciosa, y todos los presentes, excepto Walker y yo mismo, tomaron asiento alrededor de la mesa. Entre ellos, reconocí entonces al Ismael Valdés Vergara, Secretario General de la Armada, y al diputado Cornelio Saavedra. Walker me hizo sentar entonces en el extremo enfrentado al de la Junta, lugar en el que todos los presentes podían verme y escucharme, pero el permaneció de pié.
Advertí que el mayor de órdenes Javier Molinas se instalaba en un pequeño escritorio anexo, pluma en mano ante varios papeles y un libro enorme. Tomaría el acta, consideré, o algo así.
- Comparece Ud. ante la Honorable Junta de Gobierno Constitucional, teniente - inició Joaquín Walker - que sesiona asesorada por los ministros presentes en Iquique, así como por el Comandante en Jefe del Ejército Constitucional. Concurren, en esta ocasión, representaciones de la Armada y del Estado Mayor del Ejército Constitucional. También el comandante de la Segunda Brigada que guarnece Iquique, el Tesorero General del Ejército y la Armada, el Secretario General de la Armada y representantes del poder legislativo suspendido por la dictadura. El señor general Urrutia asiste en su función de Intendente de Tarapacá.
A todos ellos hemos comentado y explicado en los minutos precedentes, el señor ministro Errázuriz y yo, su actuación a las órdenes del Comité Secreto de Santiago en los meses recién pasados, así como el señalado servicio cumplido al entregarnos a salvo en Iquique los valores enviados por Ricardo Cumming. Asimismo, el que sentara plaza de inmediato como subteniente del “Iquique Nº 6”, viajando a Huasco con la Primera Brigada el día 6 del corriente. Le explico todo esto para que se entere Ud. de que en esta sala se conocen sus antecedentes y se aprecia su lealtad. Se encuentra entre amigos ¿Queda eso bien entendido?
- Si, señor - la voz me salió algo débil, y me maldije mentalmente por ello
- Muy bien. Paso entonces a explicarle los motivos que han hecho necesaria su presencia aquí esta noche. Y debo empezar manifestándole que el día 11 de este mes recibimos un extenso mensaje de nuestro más importante agente en la lucha secreta contra la dictadura. Hablo nuevamente del patriota Ricardo Cumming, quien fuera su jefe directo en esa misma labor hasta junio último. Entiendo que Ud. se encuentra informado de su cobarde ejecución en Valparaíso.
- Si, señor - ahora el tono salió mas firme
- No necesito decirle, teniente, lo que esta sensible pérdida representa para todos los presentes y en especial para la causa misma del Congreso. Entiendo que, en su caso, vive una aflicción personal, un duelo por la muerte de Cumming.
Vacilé.
- ¿No es así? - insistió Walker
- En estos momentos, no sabría como traducir mis sentimientos en palabras, señor ministro - pronuncié roncamente.
- Es comprensible. Y sin embargo, teniente, debo pedirle que haga un esfuerzo. Por razones que le explicaré seguidamente, la Junta de Gobierno necesita saber el tipo de relación, el grado de amistad y de mutuo conocimiento que mantenían Ud. y Ricardo Cumming. Le ruego que nos lo explique brevemente.
Medité unos momentos.
- Conocí a Ricardo Cumming el 79' - dije al cabo - En su calidad de deudo de mi tía Rosario Chacón - la madre de Arturo Prat - accedió a constituirse como mi fiador al incorporarme a la Armada ese año, como aspirante a oficial. Cumming era ya entonces un empresario de éxito, no obstante su juventud. Yo tenía sólo 16 años, pero congeniamos a primera vista. Me acogió en su casa y recibí su generosa hospitalidad, atenciones y cuidados hasta mi embarque, en octubre de ese año. Terminada mi participación en el conflicto - en marzo del 81' - permanecí en Valparaíso luego de mi desmovilización, y él me abrió nuevamente las puertas de su hogar. Mas tarde, su intervención resultó gravitante para mi incorporación a la marina mercante, y en los siguientes ocho años, cada vez que recalé en Valparaíso me quedé en su casa. Siempre me trató con gran afecto, como a un hermano menor. Yo le admiraba. El año pasado, cuando se le ordenó aprestar la lucha clandestina contra la dictadura que se veía venir, me envió una breve nota: Te necesito. Nada más. Cumming conocía íntimamente mi manera de pensar. Por ello no me consultó, y ni siquiera me sondeó previamente. Simplemente, me convocó. Asumí aquello como algo natural, y dejé el resto de mi vida e intereses de lado para unírmele.
Lo que siguió ha sido un torbellino de actividades muy largo de enumerar, señor. Secretas, en su mayoría. Puedo decir que en estos últimos meses corridos desde el 7 de enero en adelante, vivimos una misión constante, no exenta de serios y muy reales peligros. El mucho mas que yo, desde luego, pues su mundo secreto era amplio, variado, y mi propia labor se circunscribía a unas cuantas actividades bien delimitadas. Por razones de seguridad, ni Ricardo me informaba ni yo debía consultarle sobre otros ámbitos de su actuar y sus misiones. Aunque tal medida, en la práctica, no era absoluta ni completamente rígida. Creo firmemente, señor, que su decisión de enviarme a Iquique en junio pasado obedeció a su deseo de apartarme del peligro y a asumir personalmente el creciente riesgo de la misión global. Así lo comenté a mi llegada, a Ud. mismo y al señor ministro Errázuriz. Y así se ha probado a tan alto costo ahora, me parece.
Eso es todo, señor. Excepto que no sabría ahora como expresar la pena y el dolor que me embargan.
- Está muy bien, teniente. Todos estamos heridos, y nos hacemos cargo de sus sentimientos. Le agradecemos mucho su aclaración - su voz rezumaba cordialidad al agregar - Varios de los aquí presentes fuimos íntimos de Cumming, y algunos son sus deudos directos.
Permítame ahora explicarle las razones de esta indagatoria que puede parecerle algo extraña e incluso impertinente - hizo una pausa y continuó en el mismo tono
- Los informes que enviaba Ricardo venían dirigidos, indistintamente, a una de tres personas en Iquique. En un lenguaje coloquial, algo íntimo debido a la amistad y al parentesco, el se reportaba, a veces en conjunto o bien por separado, al señor don Jorge Montt, a don Alfredo Délano, o a mí. Tales informes, siempre extremadamente serios y fundados, llegaron a alcanzar una importancia que justificadamente debo llamar vital. Pudimos confiar en ellos absolutamente, y así lo hicimos, con amplios resultados.
El último mensaje a que aludo, recibido como digo el día 11, es muy extenso y se refiere a asuntos diversos, todos de crucial relevancia, según se ha estimado. No obstante, la muerte de nuestro común amigo deja en suspenso algunos de ellos. Debo consultar a Ud. sobre dos de tales asuntos, y ofrecerle la oportunidad de que nos explique con sus propias palabras un tercero.
- Ud. dirá, señor
- Entremos, pues, en materia. - Walker tenía ahora un fajo de papeles en su mano - La primera consulta se refiere al minado de puertos, radas, bahías o puntos aparentes del litoral - cualquiera de los casos - por parte de las fuerzas de la dictadura. ¿Le habló a Ud. Cumming algo sobre esto, o cursó instrucciones en cualquier sentido sobre esta materia puntual?
- No directamente, señor. Corresponde netamente a otro ámbito, en el que no tuve ninguna actuación. No obstante....
- ¿No obstante….?
- A veces yo cenaba con la familia Cumming, mientras el se reunía en la cocina con otros de sus agentes o contactos. O a la inversa, Ricardo me pedía aguardar en la cocina, en tanto el despachaba asuntos reservados en el salón. Y yo no podía evitar oír el todo o parte de lo que se hablaba, lo que hube de comentarle a mi jefe más de una vez, obteniendo sólo respuestas humorísticas. Como sea, sobre esa materia específica, le escuché cursar instrucciones en el sentido de averiguar, con la mayor reserva, la existencia de planes, o si se estaba ejecutando el minado a que Ud. alude, o estableciendo una protección especial de cualquier tipo, en tres puntos del litoral aptos para un desembarco. Estos fueron San Vicente, inmediato a Talcahuano; Quinteros, al norte de Valparaíso, y Guanaqueros, al sur de Coquimbo.
- ¿A quien impartió tales instrucciones y en que fechas?
- Al agente de policía de Santiago cuyo nombre le informara a Ud. y al señor ministro Errázuriz en nuestra reunión del día 1º de este mes aquí en Iquique, señor ministro. Ello ocurrió, me parece, unos quince días antes de mi venida. Digamos, durante la primera semana de junio.
- Bien. Eso es excelente. Le agradezco mucho esta información, que apoya la que tenemos disponible.
El capitán Molinas continuaba escribiendo concentradamente en su pupitre. El resto de los asistentes cambiaba breves impresiones en voz baja.
- Vamos ahora al segundo punto, teniente. Es un asunto bastante delicado y se refiere a los contactos que el Ejército Constitucional, en el momento de desembarcar - si lo hace - sea en el norte, centro o sur del país, debiera tomar con los agentes del Comité Secreto encargados de coordinar ........ ciertas acciones conducentes al éxito final. ¿Le habló, o le puso al corriente, o bien le impartió instrucciones en cualquier sentido Ricardo sobre esto?
- Se refiere Ud. al saboteo de líneas férreas, puentes y túneles para impedir la concentración de fuerzas militares - puntualicé, y se escucharon suaves risas en la sala - Lo hablábamos corrientemente, señor, aunque tampoco era materia de mi responsabilidad. Mi jefe me conversaba al respecto, y pedía a veces mi opinión.
Pero no se refería a un sistema existente, implementado y funcionando, preparado para actuar. No. El hablaba de la necesidad de crearlo. De como organizarlo muy secretamente, y hacerlo impenetrable para la policía del dictador, así como qué tipo de personas incorporar. Ricardo pensaba en pequeñas unidades independientes, y absolutamente desvinculadas entre sí para evitar que, arrestados algunos de sus integrantes, delataran a los otros. Deberían estar conformadas - me explicaba - por personas con real experiencia en el manejo de explosivos y artificios - como ex mineros, zapadores o artilleros, preferentemente - bajo el mando de un civil con conocimientos de ingeniería, o similar. Ese responsable o cabeza directiva de cada grupo debería ser un hombre de temple, un líder, alguien con el hígado y condiciones - repito sus palabras para enfatizar en tales requisitos - de un Enrique Valdés Vergara.
Un murmullo recorrió la amplia mesa oval. El genial desaparecido había dejado, indudablemente, fuertes afectos entre varios de ellos. Su hermano Ismael me hizo un gesto de inteligencia desde su silla.
- Ignoro si esos planes se completaron a satisfacción de mi jefe con posterioridad a mi partida - continué - Esto es, durante fines de junio y lo que corrió de julio hasta su muerte. Pero puedo señalar que, antes de mi viaje a Iquique, dos o tres veces me manifestó su disconformidad con la forma en que el Comité Secreto de Santiago atendía a esas inquietudes.
- ¿Puede precisarnos esa discrepancia?
- Estoy procurando recordarlo ahora, señor. Se trata de un tema fuera de mi competencia, al que accedí en conversaciones eventuales, y que tenía casi olvidado.
Creo que....el desacuerdo se originaba - no estoy seguro absolutamente, pero me parece que fue así - justamente en la calidad de las personas que deberían integrar tales unidades autónomas. Ignoro la versión de la contraparte. Pero si Ricardo las requería del tipo capaz y experimentado que he comentado, y no se atendía a su recomendación..... supongo - y sólo eso, señor ministro - que el Comité Secreto las preferiría de otro origen, o eventualmente organizadas en distinta forma. Realmente, nunca lo supe.
Ahora que, a mi arribo a Iquique le sugerí a Ud. señor ministro - hablé directamente a Errázuriz - ser yo mismo considerado a futuro para esa labor de contacto. Por cierto, en ese momento yo ni imaginaba la desaparición trágica de Ricardo Cumming, y hoy sin su presencia no sé si sería capaz de abordar esa labor desde cero.
Errázuriz habló plácidamente, con una ancha sonrisa dirigida al capitán Montt
- La proposición de destinar este oficial a esa función específica, luego de consultada con la Junta, fue planteada por escrito al Estado Mayor - consultó su agenda - el viernes 3 de julio. Aún no conocemos su decisión.
Boonen Rivera hizo amago de contestar, pero Montt alzó su mano secamente y el militar optó por callar.
El Presidente de la Junta habló:
- Sin diálogos. La Junta requerirá sus informes y opiniones con posterioridad. Siga el subteniente.
- He terminado, señor. Me temo que esa es toda mi contribución al punto.
- Y nos ha ayudado mucho, teniente - terció Walker ágilmente - Usted, como hombre de confianza de nuestro malogrado amigo, habrá entendido ya que, con su desaparición, ciertas materias cruciales han quedado en el aire. En tal apremio, si no podemos contabilizar ventajas, al menos resulta confortante detectar nuestras falencias Y creo que ya dije mucho al respecto.
Teniente Olmedo, si no le es molesto - Walker se expresaba como si mi comodidad fuera de veras materia de preocupación para la Junta y sus ministros - pasaremos ahora a un punto en que Ud. debiera tener bastante que contarnos o explicarnos.
Ocurre que en un acápite subrayado de su informe, que en esta última ocasión estaba destinado al señor Alfredo Délano - Walker hizo un gesto hacia el aludido - Cumming sugiere que debemos escucharle a Ud. En realidad, nos insta a ello con mucho énfasis. Permítame leerle textualmente ese párrafo:
"La derrota total y absoluta por las armas de las fuerzas dictatoriales es paso ahora ineludible que no podemos postergar ni siquiera unas cuantas semanas. Una demora mayor puede resultar fatal. Descarto toda solución por la vía de negociaciones, y cualquier otra que no implique esa insoslayable derrota militar. La situación ha llegado a un estado en que su desenlace pasa forzosamente por la destrucción del Ejército de Chile en los campos de batalla, en su propia casa y en su terreno. Y debe ser ya mismo, con las fuerzas y armamento de que disponemos hoy. Magna tarea, lo sé bien, pero me he convencido ya - me han convencido en realidad - de que ello es no sólo posible ahora, sino que una meta razonable de alcanzar, al alcance de la mano. Viajó a esa, llevando el efectivo y letras, Mateo Olmedo - fidus Achates - quien me ha entregado una fundamentada exposición de las razones militares que hacen posible tal desenlace. Reúnanse con él y oigan lo que tiene que decir. Es factible y puede lograrse. Mateo es un estudioso de la ciencia militar y les dará razones, argumentos sólidos. No insistiría sobre ello si no lo considerara serio e importante.”
- De lo que deduzco que Ud. tiene antecedentes o datos que exponernos sobre la actual contingencia militar - terminó Walker.
- Pues no, señor. Creo que no.
- ¿No traía Ud., entonces, instrucciones de Ricardo en tal sentido?
- En absoluto, señor ministro. Se lo habría comunicado al presentarme ante Ud.
Si me permite explicarle......
- Por favor hágalo, teniente....
- Del texto que Ud. ha leído, deduzco que el asunto se origina en una larga charla que mantuve con mi jefe, hacia mediados o fines de mayo pasado. Recuerdo que las conversaciones de paz habían fracasado poco antes y, sea por defecto de información o por otra causa, Ricardo creía advertir, en esos momentos, que se insistiría en el camino de las negociaciones. Ya supondrá Ud. que esa opción le repugnaba.
El caso es que una noche de mayo debimos permanecer insomnes en una cochera, con la sola luz de un candil, esperando a un contacto que se presentó recién de madrugada. Se trataba de un procedimiento usual, por cierto, de seguridad. Fue durante ese lapso en que le expuse, como parte de la conversación, las razones militares que - a mi juicio - no sólo hacen factible, sino que hasta lógica - y prácticamente inevitable - la derrota militar del Ejército de Chile. Ricardo pareció muy interesado en esa oportunidad, interrogándome curiosa y profusamente sobre los detalles de lo que yo sostenía. Mas tarde, durante las semanas que siguieron, aquello se convirtió para nosotros en un tema recurrente, que volvimos a revisar tres o cuatro veces. Pero nada más. Ni siquiera pensé que lo hubiera convencido de mi tesis.
- Ya ve Ud. que así ocurrió. De hecho, le voy a pedir que trate ahora de convencernos a nosotros, teniente. Por favor, expónganos los mismos argumentos que dio Ud. a Ricardo Cumming en esa oportunidad.
Me quedé de una pieza.
- Señor ministro Walker..... me pide Ud. algo bien complejo de realizar ahora mismo. Le reitero que se trató de una exposición que, siendo extensa y argumentativa, fue además desarrollada a lo largo de toda una noche, al calor de una conversación íntima, informal. No sabría bien como reproducirla adecuadamente para Uds.
- Pues trate, teniente. Y no se prive de exponer en forma extensa. Puede estar seguro de que los integrantes de la Junta de Gobierno no tienen especial apuro por retirarse esta noche. Debe Ud. comprender que la recomendación póstuma de un patriota de la talla de Cumming no puede ser obviada. Así pues, no hacemos sino seguir al pié de la letra el consejo escrito por su jefe fallecido, teniente, en el sentido de escucharlo a Ud. Y le pedimos que nos repita lealmente los argumentos y datos de su exposición privada a él. Hágalo tan fidedignamente como le sea posible recordar. Ahora.
Yo oscilaba entre el total desconcierto y la perplejidad. La voz culta y educada del coronel Vergara desvió entonces mi atención
- Excúseme, teniente ¿Con que clase de formación militar cuenta Ud.?
- Sólo con la formación precaria de un paso fugaz por la Armada en emergencia de guerra, mi coronel - respondí calmadamente, escogiendo y dejando caer cada palabra - como aspirante a oficial a bordo de la Chacabuco, entre el 79' y el 81'. No he tenido otra vinculación formal con la carrera de las armas. Omito, desde luego, los quince o veinte días que llevo ahora sirviendo como subteniente en la infantería congresista.
El silencio general se hizo incómodo, y pesaba, inquisitivo, en el ambiente.
- ¿Y bien? - me instó Walker.
- Como le explicaba, señor ministro, no he estudiado la ciencia militar como academia. Carezco de esa formación. Mi ámbito es de escritorio, o de biblioteca si Ud. prefiere, vía revisión y estudio de la historia militar. Desde esa perspectiva formulé mis observaciones a Ricardo Cumming.
Habló Isidoro Errázuriz, después de consultar con la vista a Montt
- Quisiera apuntar que mi joven amigo, a quien he tratado bastante en estos últimos años, y con cuyo padre ya fallecido, el juez José Mateo Olmedo, me unió una gran amistad, dispone de conocimientos notables al respecto. Fruto - según entiendo - de mucho estudio e investigación. Maneja también la pluma con rara habilidad. Es por ello que le ofrecí hace poco incorporarlo al equipo de redacción de “La Patria”. Optó por unirse a la infantería, y no puedo culparlo. Tiene la edad para ello.
Me agradaría oír lo que tenga que decirnos.
El capitán Montt alzó imperativamente las cejas en mi dirección.
Me resigné.
- Trataré de irme organizando mentalmente mientras hablo - expliqué al conjunto de la audiencia - para redondear una exposición coherente. Realmente, no estaba preparado en absoluto para esta prueba.
- Le reitero. Relátenos precisamente lo que le explicó a Ricardo Cumming - me interrumpió, cortés, Walker de inmediato - No omita ni resuma nada, y tómese su tiempo. Podemos estar aquí toda la noche - no sería la primera vez - y aún continuar mañana si fuese necesario. Entienda, se lo ruego, la relevancia que asignamos a escuchar exactamente las mismas palabras, o una versión tan semejante como su memoria lo permita, que impulsaran a nuestro malhadado amigo a escribirnos así de compulsivamente.
Contemplé unos segundos el óvalo de rostros que me observaba impasible. Muy bien. Si lo querían, lo tendrían.. _________________ "Tengo hambre"- Bernardo O'Higgins (Tiene que haberlo dicho alguna vez) |
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| Filibusteria |
Publicado: Mar Feb 12, 2008 1:58 pm Asunto: |
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He subido este fragmento con la autorización de Raúl Olmedo D., nieto del autor y poseedor de los derechos. Cualquier reproducción de éste con fines comerciales sin aprovación de Raúl Olmedo está estrictamente prohibido.
- El asunto gira en relación a lo que llamaré coyunturas de lasitud militar, o abandono del alerta bélico en la historia de algunos pueblos - empecé lentamente - Esos curiosos momentos estupefacientes en que una nación, y su fuerza armada - por razones usualmente propias de su idiosincracia - se confía, se relaja, parpadea y se deja estar. Tales períodos de baja respuesta, lo que algunos estrategas definen como el reposar en los laureles, y que bien pueden durar decenios en los anales de un país, aparecen comúnmente con posterioridad a fuertes exigencias guerreras. Es muy posible que como reacción mental a ellas. Lo puntual es que les hace bélicamente vulnerables en extremo.
Numerosos pueblos de la antigüedad vivieron tal experiencia, y eventualmente fueron destruidos o conquistados. No vale la pena revisar la lista - hice un gesto tranquilizador a Walker - sino sólo asentar la idea base. Debo tocar, eso sí, con cierto detalle, algunos casos relativamente modernos, en el sentido de que se cuenta con algo mas que la tradición oral sobre lo ocurrido. Situaciones de las que se conservan anales pormenorizados, o en las que derechamente se ha escrito historia narrando lo ocurrido, lo que las hace ilustrativas para este efecto.
Así, en el ejemplo más conocido, la cultura britana-anglo-sajón-juto-danesa que habitaba la actual Inglaterra hacia el siglo XI de nuestra Era, constituía un reino amplio y bien organizado. Una dinastía popularmente aceptada regía sus destinos, se cobraban impuestos en forma regular y existía un sistema avanzado de justicia. El fyrd, especie de milicia local en cada condado, constituía su fuerza armada, mantenía el orden interno y protegía las costas orientales de las, por entonces, menguantes incursiones vikingas. Sus reyes suscribían tratados solemnes con otros reinos - entre ellos, con Carlomagno y sus sucesores, según consta - y mercaban sus productos, en especial lana, exitosamente con el continente. No obstante, habían omitido un aspecto importantísimo, cual fue el mantenerse al tanto y a la par de los avances en la ciencia militar que desarrollaban sus vecinos del otro lado del canal. Por eso, cuando en septiembre de 1.066 una nutrida flota desembarcó a las fuerzas del duque Guillermo de Normandía en Pevesey, al sur-oriente de la isla, entraron en pugna dos tácticas y armamentos absolutamente disímiles. Caballería pesada, protegida por cotas de malla y celadas, mas apoyo de arquería, destrozaron en Hastings las estáticas líneas de lanceros y hacheros que en número inmensamente superior le opuso el monarca isleño. El mismo Haroldo murió en combate, e Inglaterra entera cayó en un mes.
No es este el caso de un pez grande que se come al chico. No. Inglaterra era un reino poderoso, con recursos ingentes, y Guillermo sólo duque de una provincia francesa, y no de las mayores, vasallo a su vez del rey de Francia.
Similar situación vivirían siglos mas tarde los Países Bajos ante las agresiones en Flandes - primero española, y luego francesa - de los siglos XV y XVI. No supieron, o no pudieron los futuros belgas, no obstante sus obvias condiciones guerreras, estar a la altura del desarrollo militar de sus vecinos, y resultaron superados ampliamente, con la ocupación y explotación de rigor. Es también el caso mas reciente de la España borbónica frente a la Francia imperial, a comienzos de este siglo, que repercutiera tan favorablemente para efectos de la independencia hispanoamericana.
Como es obvio, los más claros ejemplos de este tipo de situaciones históricas están mejor documentados, más a la mano dijéramos, por haber ocurrido hace relativamente pocos años. Me refiero ahora a las guerras en que se comprometió Prusia los años 1864, 1866 y 1870. En los otros conflictos a que he aludido, pero en estas últimas guerras en especial y muy vívidamente, destaca el absoluto desequilibrio de las tácticas y armamentos utilizados por las potencias en conflicto. Quisiera revisarlo con algún detalle durante esta exposición, examinando particularmente el caso de Prusia.
El coronel Körner había adelantado su gruesa cabeza sajona, y cambiaba ahora rápidas frases en voz baja con Boonen Rivera. Sabiendo del limitado castellano del Jefe del Estado Mayor, supuse que su segundo le estaría ayudando en la traducción de algunas frases y conceptos.
- La llave del asunto - continué - se encuentra en la relación táctica-armamento que rige los vaivenes de la constante pugna o enfrentamiento bélico entre los hombres, a lo largo de la historia. Su enunciado va, en conceptos muy esquemáticos, mas o menos, así: en el historial bélico de la humanidad, cada vez que un arma cualquiera aparece o evoluciona al punto de romper el equilibrio militar de un momento determinado entre países, potencias o aún facciones, por muy pequeño y local que tal punto de equilibrio sea, surge inevitablemente otra arma, o bien una táctica, que compensa y aun supera los efectos de la primera aparecida o evolucionada. Y por cierto, si es una táctica nueva la que actúa, creada por el ingenio humano, o si se perfecciona alguna ya conocida al punto de quebrar esa equivalencia militar a que aludo, será entonces otra táctica distinta, u otra arma diferente la que emergerá para restablecerla, y luego superarla. Es pues, claramente un ciclo de alternancia, que los militares y marinos presentes en este salón conocen bien.
Hice una pausa, buscando asentimiento a mis palabras, pero encontré sólo miradas corteses y atentas.
- Como el proceso no se interrumpe, y de hecho es uniformemente acelerado, lo que tenemos en la práctica es una acción competitiva que va ganando en velocidad, y sobre la que nadie puede hoy anticipar su término o desenlace final. Mejores armas ocasionan tácticas más eficientes, y a estas se oponen armas superiores, a las que luego siguen tácticas aún más avanzadas y así, en una espiral interminable.
Respetables y serias teorías sobre el desarrollo de la humanidad, apuntan a que esta especie de carrera interminable por la primacía bélica, y no otra causa, ha sido la verdadera palanca que ha impulsado los grandes triunfos del Hombre, creando por extensión los avances señeros de la civilización. Y que todos los descubrimientos importantes, desde el primer fundido de metales hasta el conjunto de ellos que se ha dado en llamar Revolución Industrial, han nacido en principio de una necesidad bélica, de un requerimiento de guerra, de un apremio de supervivencia por conflicto. Sólo como segunda opción se habrían aplicado posteriormente, superada la emergencia guerrera, tales adelantos - dice una de las teorías que comento - a la vida civil.
Si ello no es exactamente así, hay quienes opinan que se aproxima bastante a la realidad. Sin dejar de lado que, a la fecha, tenemos información disponible sobre los numerosos conceptos e ideas nuevas, originados en actividades de desarrollo económico - inventos prácticos, artefactos, herramientas, sistemas, perfeccionamientos textiles, de transporte, de aleaciones metálicas y técnicas de fundición, de propiedades de los gases, de navegación, y de todo tipo - que, recorriendo el camino inverso, han encontrado pronta aplicación bélica.
Nada de extraño tendría esta última variable, sabiendo que constituye una curiosa constante de la naturaleza humana el discurrir la forma más expedita de aplicar prioritariamente cualquier adelanto conocido, a la tarea atávica - y siempre atractiva - de agredir y despojar al vecino.
Como haya sido, toda la trama se inició, probablemente, cuando un hombre integrado a un grupo primitivo - un clan o una tribu - discurrió lanzar una piedra más lejos - y con más potencia y efecto que con la sola fuerza de su brazo - mediante el expediente de bornearla en una honda de badana. Aplicó sin saberlo la fuerza centrífuga, o quizás la palanca si lo que utilizó fue un alargador de su brazo - lo que llaman una estólica - para arrojar un venablo o un dardo. Su adversario habrá discurrido entonces, bien podemos suponerlo así, ponerse a cubierto de ese proyectil, o bien utilizar un escudo, o quizás fabricar una honda con más alcance, o una palanca más efectiva. Lo seguro es que hubo de inmediato una compensación, implementando una táctica o creando un arma defensiva, o incluso mejorando un arma ofensiva ya conocida.
Mas tarde, alguien habrá puesto una flecha en un arco de astas, logrando derribar enemigos a más distancia y con mayor precisión. Surgiría entonces - es cosa de especular - un más efectivo escudo de protección, que anularía parcialmente los efectos de esa flecha. O quizás un peto, a poco andar. Ya a esas alturas muchos seres humanos cubrirían de alguna forma sus cabezas, para evitar que se las abrieran de un golpe de maza. Mejores y más duras mazas habrán surgido entonces, capaces de cascar esas protecciones de testas. Y de pronto, la Edad del Bronce habrá proporcionado a los más aptos, durante unos 2.000 años, un elemento de notable calidad si de abrir la cabeza y tajar con eficiencia la carne del prójimo se trata. No mucho después - hablo, claro está, de saltos de cientos de años - el caballo de batalla y los carros de guerra entrarían a dominar la escena durante algún tiempo, hasta que el pueblo aqueo discurrió organizar un grupo humano disciplinado e instruido para el combate como una unidad armónica, actuando en formación sobre el terreno. La falange. Esto es, un cuerpo de infantería pesada, preparado para evolucionar disciplinada y coordinadamente en el campo y triturar a un adversario carente de organización. Fue el desiderátum, y durante otras decenas de años los helenos - o sea, griegos y macedonios - tuvieron la sartén por el mango.
A poco, sin embargo - moviéndonos en el tiempo relativo de la evolución humana - otro pueblo meridional con ideas aún mas claras, ávido de riquezas y territorios, concibió poner en acción un cuerpo mixto y muy elástico de tropas, capaz de cambiar de frente con rapidez, realizar ágiles movimientos envolventes con su caballería y hasta burlar un embate enemigo cediendo espacio en aparente desorden, para luego reagruparse y contraatacar. El soldado de infantería fue protegido con una armadura liviana, dotado de una espada corta y una letal arma arrojadiza - la spata y el pilum - todo ello hecho del negro y durísimo metal que hiciera grandes a los antiguos hititas : el hierro. No hay como el hierro para vaciar entrañas o descalabrar al adversario, eso es seguro. La “legión” así creada permitió a Roma, durante varias centurias, el dominio de casi todo el mundo hasta entonces conocido.
El coronel Vergara parecía francamente entretenido. Errázuriz sonreía con serena beatitud. La mayoría del resto mostraba ahora un educado interés, si bien Montt y del Canto mantenían sus facciones imperturbables. Pero Körner bebía atentamente cada una de mis palabras y prestaba atención simultánea a su vecino.
- ¿Cual es la constante de esta pequeña historia que he esbozado? Pues la relación táctica-armamento ya comentada. No bien surge un arma nueva, otra mejor la supera. Cuando esta parece haber arraigado en forma dominante, una táctica diferente anula sus efectos y hace al pueblo más ingenioso dueño de la situación. Y si la nueva táctica pareciera prevalecer, otras armas diferentes vienen prontamente a replantear todo el asunto. El fenómeno, entonces - ya está dicho - es una espiral cíclica, y no se detiene jamás.
Existen no obstante dos factores - podemos entenderlos paralelos al ciclo, supongo - que influyen sobre el proceso, y eventualmente alteran su ritmo, aunque siempre en forma transitoria.
El primero de ellos es el genio militar. Alejandro, Aníbal, Mario, Sila, Julio Cesar, Enrique V, Marlborough, Federico II, Bonaparte..... son, todos ellos, notables personajes, dotados de un talento guerrero excepcional. Grandes estadistas también, pero no exploraremos en ese sentido, para centrarnos en lo que nos ocupa. Lo cierto es que los sabemos dotados de clarividencia o golpe de vista militar, liderazgo, capacidad de concentración, de trabajo y de administración, gran memoria, extremo valor, ... imposible resultaría detallar sus prendas personales. Todos estos conocidos capitanes compartieron ciertas especiales características que podemos llamar claves: la capacidad de optimizar el uso o rendimiento del armamento existente en su respectivo momento histórico, desde luego, y también habilidad para adaptar o mejorar las tácticas conocidas, creando de paso otras nuevas. Y en especial, haber imaginado o ideado los medios de aprovechar las dos condiciones anteriores para alcanzar grandes objetivos estratégicos. Usualmente, de conquista.
Son, los nombrados, personajes reales de la historia, bien conocidos, dignos de estudio y admirables por cierto - si obviamos las consideraciones éticas - pero.... desaparecido que fue cada uno de ellos, sólo ha quedado la huella, la crónica o la leyenda de sus grandes dotes y condiciones. No es hereditario - bien lo sabemos - el genio militar, sino una característica propia del individuo, que dura lo que su portador. Y así, a poco, el ciclo alternativo táctica-armamento vuelve a retomar su impulso histórico autónomo, y los avances que continúa generando sepultan en el recuerdo al personaje.
El segundo factor a que he aludido está formado por la sumatoria de una serie de descubrimientos e inventos de la humanidad - traducidos en armas y tácticas de destrucción - que han marcado verdaderos hitos en la historia mundial. Quiero decir que alcanzaron una relevancia tal, que sus efectos resultaron notablemente fuertes y marcados sobre el conjunto de los pueblos, demorando un tiempo inusualmente prolongado en ser superados por la alternancia táctica-armamento. Concretamente, trabaron o congelaron transitoriamente, al igual que en los casos de personajes de rara habilidad militar, ese ritmo normal a que me he referido. Aunque desde luego, una vez absorbido el impacto, por prolongado y potente que haya sido, resultaron a la larga también superados por el avance de lo que los expertos llaman binomio táctica-armamento. Revisemos someramente algunos destacados descubrimientos o inventos, no atribuibles a persona alguna en particular, aplicados en armas y tácticas de combate.
El uso bélico del bronce y el hierro ya citados, por de pronto. Mantuvieron su preponderancia por tanto tiempo que hablamos hoy de edades de esos metales. También la aplicación militar del caballo, la rueda y su extensión - el carro de combate - apoyando a la falange y la legión. Fueron todas creaciones del mundo antiguo, de influencia tan persistente en el equilibrio militar, que aparentemente paralizaron durante períodos prolongados el comentado ciclo de alternancia. Pero sólo en apariencia.
Las legiones fueron superadas, a la larga, por la hueste bárbara, numerosa y renovable, y esta, por los caballeros teutónicos pesadamente armados, invulnerables en sus armaduras. La caballería pesada inició entonces un período larguísimo de preponderancia en toda Europa, afirmada en un sistema de recias fortalezas de piedra que entregaban refugio seguro y el control de la comarca aledaña. Por entonces tuvo lugar, ya en plena Edad Media, la aparición del arma que - después de la pólvora - más persistente influencia ha tenido sobre la guerra moderna: el arco largo galés.
Cuando uno se informa hoy sobre los efectos de las contundentes flechas galesas en los siglos XII y XIII, capaces de atravesar de un golpe - al final de un vuelo de hasta 250 yardas - no sólo la armadura, sino también al jinete, la montura de madera y una buena porción del caballo, se pregunta si conceptos de física como masa y velocidad no serían, ya entonces, conscientemente aplicados. La acción de ese arco largo no sólo terminó con la caballería romántica, tradicionalmente ligada a la nobleza de sangre, sino que otorgó tal preponderancia a Inglaterra luego de sus triunfos arrolladores en el continente - basta con recordar Crécy, Poitiers y Azincourt , los mas conocidos - que sólo su interna Guerra de las Rosas en el Siglo XIV y el desarrollo creciente de un nuevo invento - la pólvora - lograron frenar su hegemonía sobre toda Europa.
La pólvora y su primogénito - el cañón de sitio - alteraron a continuación, en forma que resultaría definitiva, el estado de las cosas y el sistema de vida medieval. Ya no hubo fortaleza lo suficientemente segura, ni muro lo bastante grueso como para no ser minado, demolido y asaltado por un enemigo decidido. A poco el mosquete, descendiente mejorado de muchos intentos similares, daría a la infantería un poder de fuego definitorio.
Y luego, en el juego de alternancia, otras armas y otras tácticas siguieron cambiando vertiginosamente, de una potencia a otra, el poder bélico temporal. Fue en 1672 me parece, cuando las fuerzas poderosas de Luis XIV, el Rey Sol, avanzaron sobre Flandes - la actual Bélgica y parte de Holanda - armados sus infantes, por primera vez, de bayonetas que encajaban alrededor de las bocas sus mosquetes, en lugar de obstruirlas. El mundo militar se quedó simplemente boquiabierto: tropas que podían hacer fuego y actuar como piqueros, simultáneamente. Tremenda y letal innovación.
Todas estas ideas y conceptos que estoy recordando sobre la relación o binomio táctica-armamento en el mundo militar son, por descontado, aplicables al desarrollo náutico en la guerra.
El primer monitor aparecido en aguas fluviales, hace escasos 30 años durante la guerra civil norteamericana, cambió drásticamente el ordenamiento de la guerra naval conocido en la primera mitad de este siglo. En otro escalón señero, la Armada de Chile ha tenido el honor, hace muy pocos años, de inaugurar exitosamente, en Angamos, la página en blanco del enfrentamiento entre blindados navegando en alta mar. Y me parece que nuestro país se ha adjudicado también, hace escasos tres meses, el triste blasón histórico de ser el primero en perder un navío acorazado por la acción de torpedos autopropulsados.
La idea global de lo hasta aquí expuesto, en consecuencia, podemos resumirla así: la relación o binomio táctica-armamento constituye un fenómeno real, constante, y forma parte del proceso histórico que rodea la propia evolución del Hombre. Su ritmo, que es normalmente de aceleración creciente, se ve eventualmente alterado por los dos factores ya expresados : El genio militar propio y particular de algunos hombres excepcionales, en primer lugar, y la aparición de armas y/o tácticas inusualmente trascendentes, originadas en inventos o descubrimientos de cierta significación.
Teniendo ello a la vista, se facilita el comprender la situación presente
Hoy, iniciado ya el último decenio del siglo XIX, el mundo asiste hace cuatro o cinco lustros a uno de esos acontecimientos especiales en que el ciclo se altera por la introducción de un factor anormalmente gravitante. No ocurre esto por causa de la aparición de un genio militar, aunque hemos visto brillar hombres de armas de altas condiciones en los últimos tiempos, sino por obra del otro factor. Hablo de la presencia, ahora simultánea, de armas y tácticas distintas, productos del genio popular de todo un pueblo. Elementos estos que han alterado significativamente el equilibrio bélico internacional. Y lo han hecho tan trascendentalmente, que se ha creado un vacío, un desequilibrio bélico importante entre naciones. Vacío que, dentro de las leyes naturales, pronto será llenado en forma espontánea por el proceso evolutivo. Pero que en el interregno, en este mismo momento - hoy, en suma - no ha tenido compensación en Sud América, y está ahí, a la mano, en una coyuntura histórica poco frecuente.
Responsable de tal fenómeno bélico mundial es, como muchos de Uds. ya saben o han deducido, Prusia.
Pues bien. Con todas estas consideraciones a la vista, yo le expresé en mayo pasado con meridiana claridad - y mucho convencimiento - a mi jefe, Ricardo Cumming, que si la Junta que representa al Congreso Nacional se aplica a ello con toda decisión, y utiliza los nuevos armamentos y la táctica creados por Prusia, puede atrapar en tal coyuntura a un Ejército de Chile totalmente desactualizado. Y destruirlo.
El coronel Körner me miraba ahora con reconcentrada atención, sin pestañear, mientras su compañero continuaba murmurando a su oído y tomando simultáneamente notas.
- Entraré pues, a exponer la materia de fondo que se apoya en toda esta lata introducción previa - sonreí directamente a Körner - y a revisar el caso de Prusia en particular, aunque por fuerza resumidamente.
Debo asentar que, aunque cabría recorrer con cierto detalle la historia de ese país, tal labor me supera ampliamente. Carezco del volumen adecuado de conocimientos y no he intentado siquiera memorizar todos los datos necesarios. Tampoco tengo mis notas, ni mis libros, a la mano. En caso de requerirse precisión histórica, entonces, sería ciertamente el señor coronel Körner el encargado de ilustrarnos. Afortunadamente, no es imprescindible un detalle minucioso. Para mi propósito, algunos brochazos bastarán.
Veamos, entonces, muy someramente, lo ocurrido con la antigua marca de Brandeburgo en el concierto europeo, preámbulo del que me excuso, pero que es necesario recorrer para el correcto entendimiento del fenómeno. Revisemos resumidamente, pues : en 1701 se oficializó el reconocimiento del Elector de Brandeburgo - del Sacro Imperio Romano-germánico - como Rey de Prusia, estableciendo así de jure su dominio sobre un territorio definido, mucho mas amplio, claro está, que la antigua marca carolingia. De hecho, como su control territorial se extendía hasta una porción considerable de la actual Silesia, el nuevo rey, Federico I, bien pudo afirmar que reinaba "del Báltico al Vístula". Era, en realidad, una muy apreciable tajada de terreno para esa época. La casa de Hohenzollern, consecuentemente, se asentaba así firmemente en la parte nor-oriental de la actual Alemania, incluyendo en sus dominios a Silesia y Pomerania. Con el tiempo, llegaría a prevalecer sobre todos los demás pueblos germánicos, con excepción de Austria. Tales pueblos, Hannover, Hesse, Baden, Sajonia, Rhenania, Bavaria, Schleswig y Holstein, que por entonces formaban parte de Dinamarca o de Austria, o mantenían una independencia precaria, terminarían finalmente por reconocer al rey prusiano como su Káiser, o Emperador. Pero ello - bien lo saben Uds. - forma parte de la historia reciente, culminada hace exactamente 21 años con una brillante ceremonia en el Salón de los Espejos del Palacio de Versailles, en la Francia ocupada.
Prusia debutó en el concierto de las naciones acentuando el carácter naturalmente guerrero de su pueblo, y el sucesor del primer Federico, llamado Federico Guillermo I, que gobernó entre 1713 y 1740, llegaría a ser conocido por su pueblo como el Rey Sargento, tal fue su entrega a la causa de las armas y al asentamiento de un creciente potencial militar prusiano. A su muerte, accedió al trono un hombre cuya fama no deja indiferente a hombre de armas alguno en el mundo: Federico II, llamado en la Historia El Grande, a quien ya citamos hace algunos momentos entre los genios militares.
Federico II es, por aclamación universal, el más conspicuo líder militar del siglo XVIII, entendiendo que los éxitos gruesos de Bonaparte tuvieron lugar, mayoritariamente, muy hacia el final de siglo XVIII y primer decenio del presente siglo. El rey prusiano superó en genialidad y en la admiración contemporánea de sus pares incluso a su amigo y aliado Randolph Churchill, duque de Marlborough, lo que es ya mucho decir. Entre otros logros, Federico resistió victorioso durante la Guerra de los Siete Años a la acción combinada de Francia, Austria y Rusia, mediante la aplicación tenaz de tácticas novedosas, aunque simples, y tremendamente efectivas. Mismas que los militares en esta sala han estudiado en su oportunidad, y que no cabe explicitar esta noche.
El caso es que el rey prusiano, contando con el firme apoyo de su pueblo, logró consolidar originales unidades de combate con un alto nivel de instrucción. Al
apreciar su enorme labor de años desde este extremo de la historia, podemos suponer que todo ello fue como el machacar del hierro, para ir dando el temple necesario a un pueblo que se estaba preparando para metas superiores.
Es curioso recordar que no destacó como su mejor discípulo en el desarrollo de las nuevas tácticas, y en especial en aquello de las veloces concentraciones, uno de sus propios oficiales, como bien podía esperarse. Tal blasón lo alcanzó un joven teniente de artillería, vasallo del rey de Francia, que a la muerte de Federico II contaba solamente con 16 años. Su nombre, antes de adaptarlo a la fonética gala, era Napoleone Buonaparte y Ramolino, segundo hijo de un abogado corso. Otro niño - este sí prusiano - nacido en las postrimerías del reinado de Federico II, alcanzaría el grado de general de sus ejércitos, sería el creador de la Academia Militar de Berlín y sus teorías - hasta hoy indiscutidas - elevarían el tradicional quehacer guerrero a la categoría de ciencia militar. Se llamó Karl von Clausewitz, y sus enseñanzas asentaron - entre otros muy comentados - el principio básico de la limitación de la victoria. Esto es, evitar que la obsesión triunfalista, el exitismo exacerbado se exprese en una humillación de los vencidos, porque tal política a la larga revierte, y destruye moral y materialmente a los mismos vencedores. Su concepto de que la guerra es sólo la continuación de la política por otros medios ha terminado por asentarse. Todos los aquí presentes hemos estudiado los escritos y teorías de este heredero intelectual del gran Federico, sea como materia obligada o por simple afición.
El Jefe del Estado Mayor constitucional resplandecía, sin perder un ápice de su concentración.
- El caso es que - continué, mientras me preguntaba cuantos de los presente habrían realmente abierto alguna obra de Clausewitz - desaparecido su rey llamado el Grande, Prusia se mantuvo en un nivel militar aceptable, pero limitado por su condición de país corto en población y superficie. Había perdido su genio militar conductor, y quizás por ello la Revolución Francesa logró vencerla en Valmy, en 1792. Luego Napoleón también batiría a las tropas prusianas en Jena - 1806 - y en Tilsit - 1807. Disponían los prusianos del armamento y la disciplina, y contaban también con una clase militar instruida y culta, pero no pudieron contra la superior conducción táctica del genio corso. De hecho, se unió a Francia en la marcha contra Rusia. Hacía falta algo más, y aunque Prusia tuvo en Blücher un aceptable comandante de tropas, no hay duda de que ese capitán carecía de cualidades superiores. Fué, no obstante, suficientemente capaz como para alcanzar, poco más tarde, un desquite de la Francia acosada, en Leipzig - 1814 - y Waterloo - 1815. Aún así, el pequeño reino supo, intuyó que su hora aún no sonaba. No podía actuar como una potencia, ni esperar que se le considerara tal, siendo sólo un país menor entre los coalicionados para destruir a Bonaparte. En tal condición pudo, en el transcurso del Congreso de Viena que reordenó el mapa europeo, recuperar vía negociaciones los territorios perdidos ante el emperador francés. Y nada más. Luego.... silencio. Un virtual velo apartó de la vista del resto del mundo los detalles de la vida interna nacional prusiana.
Hablo ahora del período poco conocido que se extiende entre 1821 y 1861. Los cuarenta años exactos - casi dos generaciones - que van desde que el país se integra a la Confederación Germánica, hasta el advenimiento al trono de Guillermo I de Hohenzollern, mas tarde emperador o Káiser de toda Alemania desde 1871 hasta su fallecimiento hace tres años, el 88'.
Es esta la época arcana de la formación de los hombres de armas que tanto han dado que hablar en los últimos 30 años, preparados en la huella de su predecesor visionario - Clausewitz - que jalonaría no sólo los conceptos matrices de la guerra moderna, sino que sus fundamentos filosóficos. Hay que imaginar a Prusia - país de guerreros - marginándose voluntariamente, entre otros conflictos menores, de la Guerra de Crimea, por ejemplo, en 1854. Cuesta dimensionar el esfuerzo de voluntad que debe haberle requerido negarse a distracción alguna, agachar la cabeza y continuar con su labor pertinaz de consolidación interna, desoyendo el llamado del clarín que con certeza habrá erizado sus cabellos.
En lo fundamental, Prusia logró asentar durante esos ocho lustros los siguiente conceptos, filosofías y estamentos populares que ya quisieran para sí muchas naciones sudamericanas, y también varias europeas:
La prestación militar obligatoria como deber cívico ampliamente aceptado, y aún buscado por el pueblo, paralelo a un sólido prestigio de la carrera militar. Obligatoria, nótese. Y compárese ello con la realidad chilena de los mismos años - 21 al 61, o de O'Higgins al advenimiento de Pérez, en líneas generales, incluyendo los decenios de Prieto, Bulnes y Montt - para obtener una visión clara de lo que el concepto implica.
Enseguida, la convicción popular de que un destino brillante aguardaba a Prusia, si podía unir a los pueblos germánicos bajo un mismo mando y en un camino común. Es decir, un atajo que permitiese superar las limitaciones de población y recursos de un país mucho más reducido que cualquiera de las grandes potencias. La idea es visionaria : un pueblo, una Alemania unidos, capaces de enfrentar al resto del mundo....
Se suma a lo anterior la planificada subordinación de la investigación científica y técnica nacionales a la necesidad bélica del momento y en desarrollo. Resultados brillantes fueron alcanzados en la ingeniería metalúrgica, que entregó a poco nuevos aceros de alta resistencia. También en las teorías balísticas, que muy pronto se probarían exitosas.
Y finalmente, orden y disciplina social, con gran unión de voluntades lideradas por un gobierno monárquico de amplia aceptación, con sincera base popular.
Así pues, cuando Guillermo I - personalidad enérgica de carácter resolutivo, y hombre de tremenda energía - subió al trono en 1861 sucediendo a su hermano, las condiciones estaban dadas para que adoptara las primeras de las decisiones cuyo efecto sobre el mapa europeo, y repercusión en los acontecimientos modernos de los siguientes años, se mantienen intactas hasta hoy. Helmuth graf von Moltke, con el bagaje de todas sus innovaciones tácticas y concepciones estratégicas, fue sin tardanza promovido a Jefe del Estado Mayor General del Ejército; Albrech graf von Roon, su alter ego, juró ante su Rey como Ministro de Guerra. Y - la más trascendental de esas decisiones - Otto graf von Bismarck fue llamado desde la embajada en París para asumir como Ministro-Presidente de Prusia.
Ya conocemos la actuación de Bismarck, primero como Canciller de la Federación Alemana del Norte y luego del Imperio Alemán. El Gran Forjador de la unidad alemana le llama la prensa mundial hasta hoy, alejado que ha sido hace apenas un año del poder, y la historia dirá si ha merecido tal título. El de “Canciller de Hierro” no admite discusión alguna, que sepamos.
En sólo tres años, a partir de 1861, tal equipo de gobierno puso a punto y afinó los detalles del ejército prusiano que, como un resorte comprimido, venía preparándose en silencio para una intervención espectacular. Muy poco más tuvo que esperar. Unido a Austria, Guillermo aplastó a Dinamarca en julio de 1864 mediante una campaña relámpago que dejó a Europa atónita, aunque sin captar aún la clave del nuevo poderío. Los ducados de Schleswig y Holstein fueron la presa cedida por los apabullados daneses. Un armisticio digerible, casi suave, cerró el capítulo. Se hizo sentir claramente el espíritu de Clausewitz en esa paz. Y luego de una pausa de dos años, tras desahuciar elegante e impecablemente a su aliada, Prusia procedió a desafiarla y a atacarla con movimientos y concentraciones fulgurantes de un ejército que rompió con todos los cánones militares de la época. Extrema movilidad, aprovechando hasta el último kilómetro de vía férrea - propia o enemiga - para concentrar enormes masas de tropas en pocas horas. Objetivo ampliamente logrado mediante la disciplina de hierro heredada de Federico II - perfeccionada ahora hasta un grado increíble - además de la sincera voluntad de lucha de un pueblo.
- Ud., mi coronel - hablé directamente a Körner - se había incorporado a la artillería ese año, y cuenta con una vivencia personal del conflicto. Tengo entendido que, apenas finalizado, se incorporó a la Academia Militar de Hannover, lo que le permitió actuar como subteniente cuatro años mas tarde.
El militar sajón asintió brevemente, sin palabras. Su mirada lo decía todo.
- Lo relevante - retomé - fue que un armamento novedoso y avanzado, mantenido hasta entonces en secreto, hizo su aparición, adaptado a una táctica no antes vista. Porque entonces Prusia hizo sentir el peso de sus largos años de silenciosa investigación y apresto. Aceros de superior calidad - fruto de la investigación tecnológica - permitieron una artillería de nuevo diseño, con tubos más resistentes y livianos. También de superior alcance y fácil transportación. Ello innovó absolutamente la táctica del desplazamiento artillero veloz, la concentración y la sorpresa. Originales sistemas de tracción pusieron las piezas de campaña, en modelos de hasta 87,5 mm, además de su mayor radio de acción, lejos por sobre cualquier otro armamento europeo en versatilidad de operación. Al mismo tiempo, piezas de artillería de montaña desarmables en unas pocas partes básicas - concebidas por mentes brillantes - fueron transportables con facilidad a lomo de mula. Y operadas mediante un sencillo doctrinal que, practicado con fervor patriótico, permitía su instalación y puesta en fuego en contados minutos.
Pero lo esencialmente creativo se advirtió en que tales piezas, de montaña y campaña, pasaron a ser de retrocarga. La enorme resistencia de los nuevos aceros permitió cierres y ajustes que hicieron factible cargar rápidamente las piezas por el extremo posterior del tubo, aumentando de inmediato en más de un 500% su cadencia de fuego. Bien se pudo hablar con propiedad de una lluvia de fuego y hierro vomitado por la nueva artillería, cuyos proyectiles, dotados de espoletas ad-hoc, pasaron a ser granadas de impacto y de tiempo.
La infantería, por su parte, recibió el nuevo fusil Dreyse, antecesor directo de esas joyas que verían la luz pocos años más tarde: el Mauser alemán y el Männlicher austríaco del que ahora dispone este Ejército Constitucional. Ese Dreyse era ya de un acero sofisticado, que facilitaba su mantención en los húmedos inviernos boreales. Estaba dotado de un sistema revolucionario de retrocarga, con cada proyectil montado en un cartucho metálico que se introducía en una recámara. Operado mediante un cierre milimétrico basado, obviamente, en el excelente metal cuyo secreto de fundición, inicialmente, sólo Prusia poseía, su cadencia de tiro facilitaba - hasta 1864, con ocasión del conflicto con Dinamarca - entre 12 y 15 disparos por minuto. Mas tarde, en 1866, para enfrentar a Austria, se contó con un modelo mucho mas avanzado, de repetición, que subió la cadencia a 30 o más tiros/minuto. Toda una revolución !
El fusil de avancarga austríaco o francés de la época permitía, en el mejor de los casos, entre 4 y 6 tiros por minuto. Y ello en polígono, no en combate. El fusilero tradicional - cabe recordarlo - debía morder el cartucho de cartón por el extremo opuesto a aquel en que venía instalado el plomo, introducirlo enseguida invertido por la boca de su fusil, empujarlo con la baqueta hasta el fondo, cebar el martillo con el fulminante y luego recién apuntar. Obsolescencia total frente al nuevo armamento prusiano de repetición, que incluía además un ingenioso sistema de fijaciones para un sable-bayoneta de eficacia letal. Arma multiuso, esta última, concebida originalmente en Japón, que hizo entonces su aparición en la historia europea arrasando con la anticuada bayoneta triangular, de fijación insegura y acero inferior.
Pero hubo más. La calidad de los nuevos metales permitió también a los ingenieros diseñar engranajes seguros que elevaron el rendimiento de un arma ya conocida, pero hasta entonces imperfecta. La ametralladora. La arcaica Gatling norteamericana fue perfeccionada a un arma semiautomática capaz de disparar ininterrumpidamente hasta 120 rondas por minuto, y que simplemente cambió - o está en proceso de cambiar, pues sus efectos se encuentran aún en estudio - todo el concepto de un asalto de infantería. El apellido de esa debutante es hoy bastante conocido por nosotros: Maxim Nordenfeld.
Lo crucial, lo esencial de todo ello está en que la suma de tales innovaciones en el armamento apoyaron y complementaron la aplicación de una nueva táctica, cuyo nombre tanta hilaridad produce - aún hoy - en los viejos tercios del Ejército de Chile. El orden disperso.
Necesitamos situarnos en la época para captar toda la profundidad del concepto. Los ejércitos de hace veinticinco y treinta años - y algunos de hoy en día, para nuestra fortuna - evolucionaban y combatían "en línea". Vale decir, maniobraban y luchaban en ordenadas líneas o bloques por compañías, batallones o regimientos. A veces, incluso por brigadas. Los generales habían venido manteniendo, hasta entonces, tales líneas erguidas, cohesionadas, casi en directo contacto de codos, como en los mejores tiempos napoleónicos.
Vestían además en combate, y el Ejército de Chile lo hizo hasta hace pocos años, blusas o guerreras de colores vivos, con botones y chapas de bronce brillante y lustroso. Vale decir, diana apetitosa hasta para un tirador regular. Ello no tuvo especial importancia antes, con un armamento de avancarga en uso, alcance mediano y escasa precisión, sujeto a una cadencia de tiro notablemente baja.
Así se luchó en nuestra guerra contra la Confederación, terminada en Yungay el 39', y en casi igual forma se desarrolló la Guerra de Crimea, el 54', con sus masacres de Alma, Balaklava e Inkerman. Todas las grandes carnicerías de la Guerra de Secesión Norteamericana - Shiloh, Manassas, Chancellorsville, Antietam, Gettysburg y el especial horror de Cold Harbour - tuvieron ese bizarro telón de fondo.
La innovación prusiana cambió, o debiera haber cambiado todo ello en forma radical. Mayor alcance y precisión del armamento, alta cadencia de tiro basada en la retrocarga de fusiles de repetición, con cargador de alimentación, piezas de artillería de tiro rápido y gran alcance, mas el fuego semiautomático de ametralladoras, entraron a diezmar, a destrozar ferozmente la fila enemiga. Y atención: sin otorgar la posibilidad de una respuesta equivalente. Las tropas prusianas empezaron a actuar apegadas al terreno. Tendidas, ocultas de la vista del enemigo, pudieron mantener un ritmo de fuego que golpea sin interrupciones y barre, apabulla al oponente. Al avanzar, lo hacen con fuego simultáneo de sostén que impide al enemigo una eficiente defensa. Si retroceden, su artillería interviene batiendo el campo intermedio, mientras el fuego de la infantería de apoyo desarrolla su labor desgastante. Entretanto, su caballería ligera se interna, ágil, en la retaguardia enemiga, destruye con extrema movilidad líneas de comunicación y bastimentos, captura y trae información vital, al mismo tiempo que ciega y desinforma al adversario.
En breve: se evita las bajas propias, aumentando en tal forma las del oponente, que en pocas horas de combate la situación se le hace insostenible.
El caso austríaco del 66' es destacable porque, lo recordarán Uds. bien, sus generales estimaban factible compensar estas desventajas llegando al cuerpo a cuerpo. Con una candidez común a muchos pueblos – entre ellos, el chileno, desde luego - tenían ciega confianza en su superioridad en el empleo de la bayoneta. En su caso, quizás apoyados en el recuerdo glorioso de Thann, Abensberg, Landshut, Eckmüll y Ratisbona. Los prusianos no pensaron igual, y fríamente los destrozaron con su fuego continuo. A solo diez días de iniciada la guerra, Hesse, Hannover y Sajonia estaban ocupadas. Luego de que la batalla de Sadowa liquidara el asunto tres semanas más tarde, con Viena a la vista, Prusia obtuvo la firma de una capitulación austríaca a la que, astutamente, restó todo viso de humillación. En el modelo clausewitziano, la rendición contempló a última hora condiciones benignas. Guillermo necesitaba sus manos libres para lo que seguiría.
Terminó de esa forma la llamada Guerra de las Siete Semanas, y Prusia había súbitamente aumentado de 4 a 9 millones su población, incorporando de paso otros 65.000 kilómetros cuadrados a su territorio. Desde luego, el poder militar europeo había sufrido un desequilibrio radical.
Lo que estoy recordando del ejemplo austríaco era, en esos días, la comidilla del público, y llenaba primeras planas en los periódicos europeos. Yo era entonces un niño de sólo tres años de edad, pero calculo que algunos de Uds. deben haber sido entonces jóvenes recién iniciando la carrera de las armas, y que seguirían tales noticias con el mayor interés. Aunque, claro, estoy hablando de sucesos paralelos a nuestra propia guerra contra España de esos años, y el implacable bombardeo e incendio de nuestro puerto mayor, con seguridad habrá restado importancia a las nuevas provenientes de Europa.
Como fuere, en el lapso que se creó entre Sadowa, en 1866, y el conflicto franco-prusiano de 1870, cualquier observador dotado de un mínimo ojo militar habría previsto que la táctica y el armamento galos sufrirían radicales modificaciones, buscando adaptarse con urgencia a la nueva situación creada por su peligroso vecino. No ocurrió así, sin embargo. Hubo algunos esfuerzos serios, aunque claramente insuficientes, por adaptar el anticuado fusil de infantería francés al sistema de retrocarga, pero muy poco más que eso. Francia corrió a su desastre con los ojos cerrados, si bien sonriendo gallardamente a su destino.
El coronel Körner constituía ya un espectáculo aparte. Nervioso, intentaba atender a las explicaciones de Boonen musitadas en voz baja y seguir simultáneamente mi exposición, tenso, sin despegarme la mirada.
- Increíblemente - retomé el hilo sin respiro - al inicio de las hostilidades, en 1870, casi el 60% de la infantería francesa utilizaba aún fusiles de avancarga del antiguo sistema Chassepot, que tanto uso tuvo en nuestro país. Ese de morder el cartucho de cartón y fijar luego un fulminante para poder hacer fuego. Un modelo Chassepot "reformado" 66', de retrocarga, cerrojo tipo Grass y un tiro, se encontraba aún en proceso de experimentación, fallaba constantemente y existía en limitada cantidad. La pesadísima artillería francesa de bronce y hierro era también de avancarga, lenta y de corto alcance. Disponían de una ametralladora aceptable - la Montigny, de 37 cañones en abanico - pero en tan lastimosa cantidad que bien podían no haberlas tenido. Y lo peor de todo, Francia combatía aún "en línea", ubicando la masas de sus tropas, vestidas de rojo, azul y blanco, en formación a la vista y alcance del fuego enemigo.
Su plan de movilización, por último, revisado por el propio Emperador, resultó tan anticuado e ineficiente - según se probó en los hechos - que muchísimo personal movilizado, una vez equipado, jamás logró juntarse con sus unidades.
Con todo aquel bagaje negativo pesando en su mochila, Napoleón III - como si nada - declaró la guerra y atacó a Prusia con entusiasmo antes del verano boreal de ese año fatal. Ocurrió el día 17 de julio, fecha para recordar.
Prusia estaba - ¿necesitamos recordarlo? - preparada y dispuesta. Además de todo lo ya conocido, sus combatientes lucían ese año uniformes de color gris humo, que los hacían prácticamente invisibles en terreno. Una nube de veloz caballería ligera estaba lista para hostigar al enemigo, recorrer a placer su retaguardia y proveer de la mejor información a su Estado Mayor. Contraatacó, pues, de inmediato en dos frentes, con tres ejércitos, poniendo 500 mil hombres en el campo, y manteniendo un número similar de reserva. Su aliada Bavaria, antes tradicional amiga de Francia, aportó otros 150 mil.
El concepto de pérdida de equilibrio bélico entre dos potencias, cuya ejemplarización buscamos, podemos resumirlo así : en armamento de todo tipo, sistema de aprovisionamiento, de transportes, labores del Estado Mayor, utilización de las tres armas clásicas, tácticas de combate y planes de movilización, Francia estaba tan obsoleta como Prusia avanzada.
Tomemos el caso del frente alsaciano, que mandaba el príncipe heredero de Prusia. No el actual emperador Guillermo II, sino su padre, Federico III, que gobernó sólo tres meses en 1888 antes de fallecer de una grave afección a la garganta. Pues bien, el mariscal francés Mac Mahon, veterano de Crimea, procuró contener el embate prusiano en Wissembourg, el 4 de agosto, con un cuerpo de ejército de 30 mil hombres que empleó resueltamente, en su táctica tradicional en línea. Vio aniquilados dos tercios de sus tropas en las primeras 24 horas de combate. Dos días mas tarde, en Wörth, habiendo incorporado algunos refuerzos, dio nuevamente la cara, y fue de nuevo tan brutalmente apabullado que se vio obligado a retirar definitivamente hacia el sur de Francia las escasas y desmoralizadas fuerzas que pudo salvar.
En el otro frente, hacia Metz, una sucesión de batallas campales se originaron en reacciones francesas de crisis, verdaderos pataleos con que procuraban detener avances veloces, envolventes, que finalmente penetraron y superaron toda su capacidad de defensa. A fines de agosto el ejército galo del Rhin quedaba encerrado en Sedan, agobiado por la artillería prusiana de largo alcance.
¿A que seguir? Vimos como sólo seis semanas después de empezada la lucha - el 2 de septiembre - Napoleón III se vio forzado a capitular y abdicar el trono. Y que 20 días mas tarde, el mariscal Bazaine rendía en Metz el resto de las fuerzas. Los ejércitos franceses del Loire y de la frontera suiza, sin capacidad alguna de desplazamiento, observaban impotentes el desastre. Siguió el cerco de París y la pintoresca fuga de Gambetta en globo, que encantó a la juventud de todo el mundo Pero los horrores sin nombre que viviría su capital con la Comuna, no fueron sino el alto precio con que Francia pagó su imprevisión e incuria.
Conocemos bien los detalles de esta historia. En mi hogar de Curicó se recibía la "Révue des Deux Mondes ", cuyo contenido era devorado en familia. Igual o similar situación viviría probablemente cada uno de Uds. El grueso público que a nivel mundial se preocupa de los asuntos bélicos, habrá pensado entonces que todos los países con un territorio que defender, y una fuerza armada encargada de ello, se apresurarían a tomar buena nota de lo ocurrido en 1870, y a adoptar las necesarias medidas para acomodar su propia situación a las circunstancias.
Pues tampoco ocurrió así. Por razones que sólo podemos imaginar, esta profunda innovación en la ciencia y técnica bélicas, quizás si por su intenso brillo, fue considerada por la mayoría de las naciones como una moda pasajera. Una ilusión, un globo de gas que se desinflaría a corto plazo.
Que yo recuerde, solo un estadista de talla mundial diagnosticó certeramente el fenómeno. Hablo de Benjamín Disraeli, el líder conservador británico - aún no era Lord Beaconsfield en 1871, y de hecho no ganaría el poder sino hasta 1874 - quien advirtió en la Cámara de los Comunes con toda solemnidad : "las victorias de las armas prusianas significan una revolución alemana, un acontecimiento político mayor que la Revolución Francesa del último siglo". Afirmación que el gobierno de Gladstone, naturalmente, desoyó, al igual que Rusia y Norteamérica.
Lo que me lleva - para lo que nos ocupa - directamente al caso chileno.
Un apagado ruido de vajilla en la habitación contigua me estaba indicando - hacía rato ya - que las vigilias de la Junta de Gobierno no tenían el carácter de ayuno y sacrificio que mi hermano suponía. El ministro Joaquín Walker me interrumpió entonces con su cortesía habitual.
- Tendremos unos momentos de receso ahora, teniente. Un refrigerio nos vendrá a todos muy bien. Son ya las 0.45 A.M. pasadas.
La reunión se levantó de inmediato. Todos charlaban con entusiasmo mientras pasaban sin apuro al cuarto vecino, un pequeño comedor bien montado.
El coronel Vergara se aproximó para apuntarme algunas observaciones agudas y simpáticas sobre mi exposición. Hijo de su padre, sabía bien de lo que estaba hablando. Con que sólo hubiere hojeado la biblioteca de don José Francisco - consideré - Vergara debería disponer de conocimientos considerables.
Walker, Errázuriz y Délano se preocuparon de poner a mi alcance las sencillas pero muy bienvenidas viandas. Carne asada fría, cecinas, queso y pan. Un consomé grueso servido en bellos tazones alcanzó inmediata demanda Todos bebían vino o licores. Observé que el capitán Montt optaba por una taza de café, y me decidí a imitarlo. La noche amenazaba con ser aún muy larga.
Valdés Vergara me abordó, cordialísimo, trayendo a colación el anecdotario de mi intervención en su embarque clandestino en el “Mendoza”. También el teniente coronel Boonen Rivera, dejando a Körner ocupado en masticar vigorosamente, se acercó para comentarme amablemente:
- Parece que su historia tendrá un final feliz
- Mi historia sí, mi comandante. Pero el desenlace de la situación presente es resorte de Uds.
Si la instrucción a la tropa se cumple como corresponde, y le aseguro que en la Brigada Frías está ocurriendo así, yo me he prometido unas alegres Navidades en Santiago. ¿O es que puedo, acaso, esperar un feliz 18 de septiembre?
- Mi coronel Körner le expresa sus felicitaciones por su preparación en materias que, en Europa, son propias del Estado Mayor y personal académico - Boonen sonrió ampliamente, y se retiró sin recoger mi guante.
Al reunirse con su jefe, tomó cuidadosamente el lado de la mesa opuesto a aquel que ocupaba el Comandante en Jefe. Todo el Ejército Constitucional sabía que Boonen y del Canto se odiaban a muerte desde el episodio de La Concepción, en la Campaña de la Sierra. Un duelo entrambos estaba planteado, sin fecha, para resolver la cuestión a futuro.
Alfredo Délano quedó muy sorprendido cuando le dije
- Vi a su esposa en Santiago el pasado junio, pocos días antes de venirme.
- ¿Habló Ud. con mi Ema? ¿Estaba bien?
- Sólo la divisé, señor. No era del caso hablarle. Yo vestía como gañán, de poncho y gorro. Concurrí hasta la casa de uno de sus cuñados, para hacer entrega de un sobre dirigido a ella, que me confiara por mano Ricardo Cumming. Puede que fuera una carta que Ud. mismo enviara.
- Es muy posible. Durante junio pude escribirle casi semanalmente. Y no me llame señor, Mateo. Alfredo estará bien. Mi cargo es civil, sin mando militar, aunque soy teniente coronel de Guardias Nacionales. Pero cuénteme: ¿Ema se veía bien, sana ? Ya sabe Ud. que...
- Si, claro. Se notaba su avanzado embarazo - Ema Frederick me había parecido un pequeño y encantador globo cautivo, recordé - Sólo la divisé, detrás de la mampara, porque me atendió una sirvienta, y opté por no identificarme. Por seguridad, como Ud. supondrá. Ella se advertía ansiosa, preocupada, supongo, pero bien. Es obvio que esperaba su carta con gran ilusión. ¿Para cuando es el parto?
- Para mediados de agosto - la voz de Délano sonó grave y tensa - Y temo que Dios no permitirá que la acompañe en esos momentos...
- Ya sabe Ud. que Dios está muy ocupado en estos días - oprimí su brazo en un gesto de aliento y simpatía - pero desde luego que ella no estará sola. Puede que la guerra mantenga a los esposos en el frente. Pero a solas, ella no va a estar. Cuenta Ud., según entiendo, con una larga familia, solo para empezar. Y luego que nuestras mujeres - incluyo a mi novia en ello - se ayudan estrechamente ¿No ha escuchado nada de la forma en que las damas se han coordinado durante esta crisis, en el Chile cautivo? Circulan noticias, comestibles, ropa, medicamentos. Hasta dinero se pasan entre ellas. Se acompañan y se apoyan también, de muchas formas y maneras. Y por cierto ¿Para que diablos sirve un marido durante el parto?
Délano sonrió y me apretó también el brazo, cálidamente.
Joaquín Walker invitaba ya a reanudar la reunión interrumpida.
* * * _________________ "Tengo hambre"- Bernardo O'Higgins (Tiene que haberlo dicho alguna vez) |
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| Filibusteria |
Publicado: Mar Feb 12, 2008 2:02 pm Asunto: |
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 Sub-Oficial
Registrado: 28 Jun 2007 Mensajes: 525 Ubicación: Santiago
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No puedo esperar la continuación. Realmente bueno. _________________ "Tengo hambre"- Bernardo O'Higgins (Tiene que haberlo dicho alguna vez) |
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| loco chile |
Publicado: Mar Feb 12, 2008 3:35 pm Asunto: |
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 General en Jefe
Registrado: 22 Abr 2007 Mensajes: 2095
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Estimado Herkos
Que clase magistral de historia militar se mando tu abuelo .. y con esa concurrencia ....
Envidiable.
Debe haber sido un privilegio haber podido conversar con el de este tipo de temas. (admirable su cultura. No debe haber sido fácil en esos años tener acceso a toda esa informacion)
Manda la continuación por favor. Nos vas a enfermar a todos de los nervios.
Saludos. _________________ Te juro yo Bandera ... ser tu mas fiel esclavo.
Que el enemigo tiemble ... cuando el Comando llegue. |
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| Herkos Odonto |
Publicado: Mar Feb 12, 2008 3:41 pm Asunto: |
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General de Brigada
Registrado: 12 Abr 2007 Mensajes: 739
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Con ese aliento, no tengo opción.
Deberé hacer una execepción en la norma, eso sí, y remitirte tres secciónes o capítulos seguidos. Son aquellos con los números Dos, Tres y Cuatro de la "Segunda Parte" de "Jamás Vencidos", que abarcan las fechas clave del 21 al 28 de agosto de ese año tan movido en nuestra historia.
De otra forma, quedaría trunco el relato de los hechos de armas de Concón, Combate de Viña del Mar y La Placilla.
Estoy terminando de revisarlos y eliminar cualquier pelusa ( o gazapo) que pudiera habérseme escapado anteriormente. Van en breve. |
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| Cobalto |
Publicado: Mar Feb 12, 2008 8:07 pm Asunto: |
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 Sargento 1o
Registrado: 31 Oct 2005 Mensajes: 480 Ubicación: Santiago
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N - O - T - A - B - L - E.
Quiero mas.
Salu2 estimados Herkos y Filibusteria. _________________
"EN LA ZONA DEL COMBATE SOLO MERECE VIVIR
QUIEN POR UN NOBLE IDEAL ESTA DISPUESTO A MORIR." |
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| Herkos Odonto |
Publicado: Mie Feb 13, 2008 10:36 am Asunto: |
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General de Brigada
Registrado: 12 Abr 2007 Mensajes: 739
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Estimado Loco,
Creo que hemos perdido hoy la perspectiva de lo que fué la cultura y el conocimiento en Chile durante el siglo XIX. En la segunda mitad, reinaron sin contrapeso los "monstruos" tipo hermanos Amunátegui, Lastarria, Gay, Domeyko, Montt y Varas. Un poco mas atrás, pero aún así a mucha distancia del promedio actual, estaban Lira, Errázuriz, el mismo Barros Arana, Aníbal Pinto, Domingo Santa María. V. Letelier, Mac Iver y 20 más. Y todos ellos se apoyaban en una corte de jóvenes de alta preparación, que recibían su guía y elaboraban para ellos extensos trabajos de investigación. El abuelo, ligado por tradición familiar al Partido Nacional, o monttvarista, formaba parte, sin embargo, de la "escuela" o "grupo" de Isidoro Errázuriz, quien políticamente se identificaba con los "mocetones", afines al Partido Liberal. Nunca tuvo que lamentar esa relación. Es un hecho que los jóvenes que siguieron a la Armada y al Congreso en la revolución, medraron luego notablemente con los despojos del bando vencido. Suena horrendo, pero fué así.
El falleció en 1936, y yo vine al mundo años mas tarde, así es que la oportunidad de una conversación personal nunca la tuve. No obstante, había sido tal su carisma e influencia en el medio familiar, que yo me crié en un ambiente de respeto y veneración casi religiosa a su memoria.
Imagina que, simple civil a esas fechas, fué invitado en 1902 y 1903 a hacer clases en la Academia de Guerra, lo que estoy tratando ahora de acreditar. Körner no lo olvidó nunca.
Lo que personalmente valoro de su "Informe", que en este Foro se está posteando como "Memorias", es la tranquila sinceridad, casi candor, con que, en muchos de sus pasajes, reconoce la ejecución de combatientes rendidos, y el asesinato de otros por razones de estrategia partidaria. Asimismo, el desposeimiento legal de bienes raíces y valores de que se hiciera objeto a los derrotados, materia que quedó al tiempo y nunca fué corregida. Nuevamente, "Vae Victis".
Gracias Cobalto por tu aliento. A ver si les agrada lo que sigue. |
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| loco chile |
Publicado: Mie Feb 13, 2008 3:21 pm Asunto: |
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 General en Jefe
Registrado: 22 Abr 2007 Mensajes: 2095
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Espero que alguna vez puedas publicar el libro completo Herkos.
Alguna editorial debería poder interesarse. (si le publican las basuras a Isabel Allende ... )
Sinceramente ... el estilo de escritura me mantuvo amarrado al texto hasta terminarlo.
Impresionante Abuelo .. gran motivo de orgullo.
En relación con la ejecución de los prisioneros del bando contrario ... es interesante poder asociar el relato y lo que en el se detalla a las costumbres de la epoca.
Ahora .. si revisas lo que ha ocurrido en la actual epoca en Costa de marfil, Irak, Filipinas, Afganistan, URSS, Bosnia, etc., etc., etc. ... la verdad es que la situación no es tan distinta. _________________ Te juro yo Bandera ... ser tu mas fiel esclavo.
Que el enemigo tiemble ... cuando el Comando llegue. |
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